Carmelo Urso
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Por estos días veo viejos films de Michelangelo Antonioni. En “La Aventura” (1960) narra una de sus más extrañas historias: unos amigos parten en yate hacia las islas Eólicas, cercanas a Sicilia. Sandro (Gabriele Ferzetti) y Anna (Lea Massari) atraviesan una crisis; antes del viaje, llevan 30 días sin verse: en ese mes, Anna quería dilucidar si continuaba amando o no a Sandro.
Al encontrarse, aún existe pasión entre ellos… pero eso no basta para atenuar las dudas de Anna: ¡ella desea una experiencia de Amor más profunda!
Ya en las islas, Sandro y Anna discuten; él cree que al casarse las angustias de ella desaparecerán: “tenemos toda la Vida por delante”, dice Sandro; responde Anna: “casarnos no servirá de nada; y en verdad, ¿no vivimos ya como si estuviésemos casados?”; se separan; él se queda dormitando en un rocoso escollo de costa; ella sale a explorar la isla.
A media tarde, el dueño del yate anuncia que es hora de partir: “El mar se encrespa. ¡Se acerca una tormenta!”. Los amigos se preparan para abordar… ¡todos menos Anna, que ha desaparecido! Recorren el árido islote, rastrean cada metro de litoral: no hallan el más leve indicio de la chica o de su cadáver.
Horas más tarde, se suman la policía y la guardia costera a la búsqueda: nada. Pasan tres días: es como si la muchacha se hubiera vaporizado. En ese lapso, Claudia (Mónica Vitti), compañera de viaje y gran amiga de Anna, va intimando con Sandro. El paso de las horas les revela algo sorprendente: se han enamorado. En pleno proceso de investigación, huyen para vivir un idilio.
En este punto, Antonioni efectúa una de las maniobras más raras de la historia del cine: abandona el relato de la pesquisa policial (que parecía ser el tema principal del film) y se centra en el tortuoso romance de Claudia y Sandro. Los amantes recorren Sicilia: Messina, Noto, Milazzo y Palermo son testigos de sus afectos. Viven varias “aventuras”: la de la intempestiva huida; la del festivo sexo que enciende fuegos de artificio al inicio de su apasionado Amor; la de viajar por tierras desconocidas; la del recuerdo de Anna, cuya ausencia –inexplicada e inexplicable- la transforma en espectro ineludible, omnipresente.
Con el paso de los días, la novedad de la aventura deviene en tedio: por más que huyamos a través de tierras lejanas, jamás podremos huir de nosotros mismos; la euforia sexual se apaga cuando no hay sentimientos perdurables que la inflamen; al principio, las novedades del viaje excitan… pero más pronto que tarde, anhelamos el retorno al hogar; y aquel que no exorcisa los demonios del pasado jamás es dueño de su tiempo presente.
En poco tiempo, la relación de Claudia y Sandro se vicia de sosos rituales, tristes rutinas: otra aventura (como cualquiera de las nuestras) cuya efervescencia inicial degenera en monotonía y hastío; bastan pocas semanas para que los furtivos amantes actúen “como si estuviesen casados”; la secuencia final es elocuente… tras una noche de farra, Claudia encuentra a Sandro besándose con una prostituta en un sofá: huye hacia los vastos jardines de la mansión Lampedusa y llora su pena en lo alto de un mirador; Sandro la persigue, la encuentra: lleno de vergüenza, se sienta a sollozar en un banco, como un niño. Claudia se le acerca; al principio duda, pero luego acaricia con ternura el cabello de su amante; es su muda y sumisa manera de perdonarlo…
La palabra “aventura” proviene del latín avvenire; su significado primitivo es “lugar donde se llega”; con los siglos, se volvió sinónimo de “suceso”, “acontecimiento”, “peripecia”. En la inconsciencia que precede a la Iluminación, nuestras Vidas son eso: cadenas de triviales sucesos, de vanos acontecimientos, de insignificantes peripecias con las que pretendemos “llegar” a “alguna parte”.
Exactamente, ¿a dónde queremos “llegar”?
En la infancia, muchos sueñan con un Destino al que jamás llegan: se pierden en las peripecias de una inconclusa aventura.
Otros llegan, pero el anhelado Destino no es lo que esperaban: la Vida –décadas llenas de decepcionantes acontecimientos- se torna en la más banal de las aventuras.
Algunos llevan una Vida violenta… y dejan el mundo de manera tan brutal, tan expedita, que ni siquiera se enteran que hay un Destino al que llegar: la aventura se transforma –literalmente- en el más fatídico suceso…
¿Qué aventuras vive el buscador espiritual? ¿Cuál es su lugar de llegada? ¿Qué peripecias, acontecimientos y sucesos le indican que va por buen camino?
El explorador espiritual no busca significados en las aventuras externas sino en las internas; su lugar de llegada nunca está lejos: le basta con mirar dentro de sí mismo; sus peripecias vitales no pasan de ser símbolos a los que no se apega ni se ata emocionalmente: sabe que los acontecimientos de su Vida no son más que reflejos externos de lo que sucede en su interior.
Y cuando en su corazón no queden velos que le oculten el Amor infinito (Dios), el explorador espiritual no buscará más aventuras externas. Le bastará un solo Destino: ese viaje sin distancia que le lleva a conocerse a sí mismo.
Porque sólo en el Uno –afectuosa Deidad que mora en ese Reino de los Cielos que es el Corazón Iluminado- transcurre la única y verdadera aventura.






[...] LA VERDADERA AVENTURA [...]