Carmelo Urso
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El místico chino Huanchu Daoren solía dividir la Vida en cuatro etapas. Parafrasearé la milenaria sabiduría de este maestro asiático con el relato de cómo mis padres vivieron estas cuatro edades.
La Edad del Aprendizaje: 0 a 20 años
En esta etapa –de acuerdo a Huanchu Daoren- cimentamos nuestra visión del mundo; desarrollamos dones y talentos; adquirimos sabidurías intelectuales, emocionales, espirituales; atravesamos experiencias que darán forma al resto de nuestra Vida.
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Mi padre nació en una familia campesina pobre que permaneció unida, pese a padecer adversas situaciones económicas y dos Guerras Mundiales.
Mi madre nació en una familia campesina pudiente venida a menos. A temprana edad, emigró del campo a la ciudad con su mamá y su hermano.
Papá no estudió. “¿No quieres estudiar? ¡Aquí te haces daño!” –le decía mi abuelo Carmelo, estampillando el acusativo índice en la sien de mi padre.
Mamá se graduó de maestra a los 17 años. En la Venezuela de 1954, eso equivalía a estar entre el 5% más educado de la población.
Mi padre aprendió diversos oficios: agricultor, sastre, zapatero… pero lo único que le gustó realmente fue el servicio militar, pues le permitió viajar por diversas partes de Italia –raro privilegio para un campesino siciliano de aquella época.
Mi madre se concentró en la docencia, aunque también destacaba en otras facetas: pintura, cerámica, costura, manualidades, cocina.
Mi padre llegó a los 20 años en el deprimido ambiente económico de la post-guerra, sin una vocación clara, pero con una familia bien constituida.
Mi madre se quedó en Caracas el resto de su Vida.
Mi padre aún no salía de su isla natal… pero decidió que no se quedaría allí el resto de su Vida…
La Edad de la Consolidación: 20 a 40 años
Según Huanchu Daoren, en estas décadas debemos consolidar nuestro patrimonio y demostrar solvencia en lo pecuniario, lo afectivo y lo intelectual; nos independizamos; constituimos familias; criamos a nuestra prole; erigimos empresas; desarrollamos un oficio, una carrera técnica, artística, académica o profesional. Nos hacemos hombres y mujeres de verdad.
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Mi madre era una brillante maestra a los 20. Impartía clases en el colegio más pudiente de Caracas: nunca se sintió pobre, pese a las miserias que pasó.
A los 23, papá concretó su sueño de viajar fuera de Italia. Primero, Nueva York: no le gustó. Luego, Caracas: se quedó allí hasta su muerte.
Convivir a diario con la alta clase caraqueña, le permitió a mamá adquirir esa cultura y roce social que no se aprende en libros o en las aulas de una escuela pobre. No obstante, ese ambiente le atraía y le repelía a la vez: no se sentía pobre… pero tampoco se sentía rica… o merecedora de ser rica…
Caracas, 1954; en pleno boom petrolero, papá descubrió el ambiente ideal para superar su mayor trauma: la pobreza…
Mamá destacaba en su trabajo, aunque no sabía cómo subir en la escala social.
Papá no destacaba en ningún trabajo, aunque tenía clarísimo que quería subir en la escala social.
Un día, el inmigrante que vendía de puerta en puerta conoció a la maestra. Tras cuatro años de noviazgo, se casaron.
Cuando él la llevó de luna de miel a Sicilia, nadie podía creerlo: ¡el cabezón de Giovanni se había casado con una maestra que además era bonita! Su viaje de bodas duró seis meses: incluyó hitos como Roma, Napoli, Florencia, Milán; Giovanni sería cabezón para las letras, pero no para el dinero. Además, después de casi tres décadas, había descubierto su vocación: vendedor.
Diez años después, la maestra y el cormeciante vivían en una cómoda urbanización de clase media. Los hijos tardaron en llegar: casi nueve años.
Papá se estrenó de papá a los 38 (cosa insólita para la época, cosa normal hoy en día). Mamá tenía 32 (“madre añosa”, según los médicos).
A los 40, ambos tenían muy claras sus vocaciones. Habían gestado una familia y habían superado la pobreza material de la niñez. Hasta ahora, de acuerdo a los consejos de Huanchu Daoren, habían tenido éxito.
Pero aún les faltaba vivir la otra mitad de la Vida.
La Edad de la Maestría: 40 a 60 años
Huanchu Daoren afirma que en este lapso deberíamos alcanzar la maestría en nuestro quehacer terrenal; excelencia en nuestra profesión y relaciones personales; coronamos la cima de nuestras dones y habilidades. Es Picasso pintando “Guernica”, Borges escribiendo “Ficciones”, Buda iluminándose bajo el árbol Boddhi, Bill Gates galvanizando su imperio empresarial de Microsoft, Joe Torre campeonando año tras año a los Yanquis de Nueva York, Carlos Bianchi titulando a Boca Juniors torneo tras torneo; y también, a un nivel más cotidiano, el pastelero en la cumbre de su repostería, la peluquera que enseña a las novicias el arte de peinar, el maestro de escuela que imparte insuperable sapiencia a su alumnado o el cronista deportivo que analiza cada jugada del juego con la sabiduría de un zorro viejo.
Cómo mínimo –a estas alturas- deberíamos ser sabios en las pequeñas cosas del día a día.
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Si mamá antes era una excelente maestra, ahora era la más destacada del colegio. Varias veces le ofrecieron ser jefa o coordinadora de departamento: nunca aceptó. Le daba miedo. ¿Qué le atemorizaba? Bueno, ella provenía de una familia caída. Quizás, le daba miedo volver a caer de las alturas…
Papá era el vendedor número 1 de una de las principales cadenas de ropa de Caracas. Un día, lo premiaron ofreciéndole el cargo de Gerente General de Ventas. Con el contrato en la mano, mi papá rechazó el ascenso: “Tengo una oferta mejor”, dijo con su orgulloso acento siciliano y se fue de la compañía. En casa, mamá le increpó: “Pero, Giovanni, ¿por qué no aceptaste?”; respondió papá: “Vitalia, yo no sé leer ni escribir bien. ¿Cómo voy a ser gerente así?”; “¡Pero yo te enseño!”, imploró mi madre; “No, Vitalia, yo no soy bueno para esas cosas”, dijo papá, estampillándose un acusativo índice en la sien.
Mamá siguió dando clases. Papá siguió vendiendo muy bien. Compraron otro apartamento en la ciudad, uno en la playa, otro en Italia…
Pero su matrimonio no marchaba bien.
Había demasiadas diferencias entre ellos, que fueron acrecentándose con los años. No congeniaban. Tenían formas opuestas de ser.
Literalmente no se entendían: ella hablaba un español que resultaba exquisito incluso para sus paisanos (ni siquiera decía palabrotas); mi papá hablaba en una cada vez más barroca jerigonza que no era ni italiano, ni español, ni dialecto siciliano.
Pasaban días, semanas, meses, años sin hablarse. Su relación de pareja era disfuncional. Hoy en día se habrían divorciado. Pero en aquella época el divorcio era tabú. Además, mamá no quería que sus hijos sufrieran lo mismo que ella: ¡crecer sin padre! Y para los sicilianos, el divorcio es casi el peor de los crímenes, pues su Vida se basa en la construcción de una familia.
Sin problemas económicos, estudiando en buenos colegios y universidades –pero con déficits psicológicos y espirituales- mi hermano y yo vimos envejecer a nuestros padres.
Sin duda alguna, la cohabitación de papá y mamá no fue un lecho de rosas. Y sus hijos sufrimos no poco daño emocional.
Sin embargo, teniendo en cuenta sus orígenes y las difíciles circunstancias que padecieron, es indudable que su labor no fue en vano.
De hecho, hicieron un excelente trabajo. Basta ver las grandes penurias que sufre más de la mitad de la población del planeta (guerras, escasez de agua y vivienda, pobreza extrema, enfermedades, pandemias, desnutrición) para saber que es así. De hecho, papá y mamá pasaron por algunas de esas cosas… ¡y no sólo las superaron, sino que nos salvaguardaron a mi hermano y a mí de ellas!
Siempre se los agradeceremos. Infinitamente.
Lastimosamente, no pudimos ayudarlos como hubiéramos querido en la cuarta edad de la Vida.
El problema es que esa etapa es la más especial de todas.
Porque el Único que puede ayudarnos a tener éxito en esa etapa… ¡es Dios!
La Edad de la Iluminación: de los 60 años hasta…
Llegado a los 60, el ser humano sabio no debiera tener problemas económicos ni patrimoniales. Tras haber vivido una existencia plena en todas las facetas (profesional, familiar, afectiva, sexual, intelectual), liberados de los apetitos de la juventud temprana y mediana, Huanchu Daoren recomienda dedicar esta cuarta edad de la Vida a la Iluminación espiritual.
Este sabio lo hacía con toda la autoridad del caso: él mismo fue un importantísimo funcionario del Estado chino, que vivió los privilegios del poder, la jerarquía y el dinero; no obstante, al llegar a la sexta década, se retiró a una modesta casa de montaña donde atendía un pequeño huerto que lo mantenía ocupado y en buena forma física.
Cuando no trabajaba en su plantío, Huanchu Daoren dedicaba su tiempo a la contemplación de la Naturaleza, a la meditación y al estudio de los clásicos espirituales de su época. Con los años, él mismo devino en uno de los sabios más importantes de la doctrina confucionista. Según la leyenda, murió en Paz y a una muy avanzada edad.
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Mamá se jubiló a los 53.
Papá se jubiló a los 62; un día nos dijo a mí y a mi hermano: “No trabajo más. De ahora en adelante, ustedes se encargan de todo”.
Mamá no siguió el consejo de Huanchu Daoren: se jubiló joven y además, se encerró en la casa; dejó de ser maestra… y ya sus hijos estaban demasiado creciditos como para que ella siguiera siendo mami.
Papá se jubiló a la edad adecuada e instintivamente siguió el consejo del eximio maestro chino: comenzó a pasar largas temporadas en su Sicilia natal, rodeado de parientes y amigos de infancia. Ayudaba a mis tíos y primos en las labores del campo sin cobrarles un euro. Su función era la de vigilar a los jornaleros que levantaban la cosecha (muchos de ellos inmigrantes albaneses); era un trabajo agradable para él, con poca carga física. De esta manera, mis familiares se ahorraban el costoso sueldo de un capataz.
Como contrapartida, mi padre no gastaba un céntimo en alimentos (todo se lo daban los parientes) y, por supuesto, cuando lo invitaban a comer o a salir nadie le dejaba sacar un billete de la cartera. Al finalizar el tiempo de cosecha, se dedicaba a ver partidos de fútbol, jugar a las cartas y conversar con los amigos.
Mamá fue hundiéndose en un largo marasmo psicológico. En algún momento tuvo inquietudes espirituales: leía la Biblia y a clásicos de la autoayuda como Conny Méndez, Norman Vicent Peale, Og Mandino y Richard Bach. Pero en ella, fue prevaleciendo ese miedo muy humano que se acrecienta cuando envejecemos: el miedo a la Nada, ¡a la Muerte!
Papá no tenía inquietudes espirituales formales. No obstante, de manera intuitiva, regresó a Sicilia para cerrar ciclos psicológicos y afectivos. Se reconcilió con parientes con los que llevaba años distanciado; se reencontró con sus orígenes: las nuevas generaciones de la familia, en especial, los hijos de sus sobrinos, lo recibieron como un sabio patriarca; papá les enseñó muchos secretos del comercio y los acompañaba a los grandes mercados de Palermo, Siracusa, Messina y Catania, donde les daba clases magistrales de negociación y regateo; hacía con ellos lo que no podía hacer con sus propios hijos, dos destacados profesionales (un abogado y un periodista) que habían heredado de su madre las facultades cognitivas, pero también un cierto distanciamiento intelectual y emocional.
Esta actividad llenaba a papá de energía y le hacía olvidar ese muy humano miedo a la Muerte que se acrecienta con la edad.
Mamá en cambio dejó de salir con sus amistades y se encerró cada vez más en sí misma. Dejó de pintar, de crear y hasta de cocinar. El miedo degeneró en depresión crónica; a los 59, se le detectó Mal de Alzheimer; murió una década después.
Papá –que a sus 74 aún tenía abundante pelo negro y excelente presencia física- pasó sus últimos tres años cuidando a mamá: cambió pañales, administró medicamentos y le daba la comida en la boca a su malograda esposa. Creo que, de esta manera, cerró un importante ciclo: lo que por su mal carácter e inmadurez emocional no pudo hacer en su juventud (demostrarle delicadeza y cariño a su consorte) lo hizo en los últimos años de su existencia.
A los 77, papá estaba muriendo de cáncer. No aceptaba la llegada de la Parca. Un día, cuando ya sabíamos que estaba condenado y le faltaba una semana de Vida, me preguntó con su habitual mal genio y destemplanza:
“¡Carmelo! ¿Cuándo coño se me va a quitar esto?”.
Ninguno de los dos murió iluminado. Lo cual no es nada excepcional. El 99,99% de los seres humanos muere así.
Cumplieron con casi las tres cuartas partes de la cartilla de Huanchu Daoren. Lo cual me parece un excelente trabajo, pues conozco a muchas personas de edad que ni siquiera han llenado los requisitos de la primera etapa.
Estoy por cumplir los cuarenta. Poco me falta para entrar a la tercera edad de la Vida.
Y este instante presente, el mejor homenaje que puedo hacerle a mis padres es tratar de llegar donde ellos no llegaron. En ese aspecto, fueron muy generosos: siempre nos alentaron a mi hermano y a mí a superarlos. Siempre se alegraron con nuestros logros y los asumían como propios…
Para las tres primeras edades de la Vida me han servido muchos de sus consejos. Incluso me han servido sobremanera sus errores, los cuales intento no repetir (aunque no siempre con éxito).
Para la cuarta etapa ya sé que no sirven consejos ni experiencias ajenas.
Lo único pertinente es trascender todo temor y entregarse de lleno a la experiencia de sentir a Dios –grato sinónimo de Amor- en cada instante vital.
Es la mejor tarea que puedo hacer por mi esposa e hijos, amigos, y –por supuesto- por mí mismo.
Y es mi mejor tributo para Vitalia, la brillante maestra, y Giovanni, el hacendoso inmigrante.





LINDA LECCIÓN DE AMOR.
Muy bonita reflexion, creo que todos aspiramos a conseguir la estabilidad económica, y sobre todo la madurez y sabiduria de los 60 años, en esta epoca muchos no quieren llegar a esa edad por sentirse discriminados en una sociedad que la juventud te aplasta, o estas en algo, (bien puesto hasta con algunas ayudaditas de cirujano) o no pasas la aceptación, los jovenes no tienen paciencia, piensan que la adultez es deterioro,y no entras en su “onda” así que se trata de resistir hasta el final.
La adultez con dignidad y sabiduria es aceptar los años con optimismo, con espiritu alegre, y siempre con el ánimo de ayudar.
En lo personal, me ha tomado 40 años aceptar “mi adultez”. Trabajo en ella cada día -tratando de armonizarla con mi niño interior y el Padre-Madre que me cuida en todo espacio, tiempo y aún más allá.
Un afectuoso abrazo, Patty.
el Urso
Hermoso recuento de un par de seres que pasaron por esta tierra dejando su huella inborrable en sus hijos y en quienes los conocieron, eso somos los seres humanos, llenos de amor, de vivencias individuales y caracterìsticas que son de cada uno.
Te felicito Carmelo por el respeto y el amor que has demostrado hacia tus padres mediante este narración de lo que fue el paso de ellos por esta Tierra.
Estimada Haydeé:
Gracias por tu amorosa energía. A veces, cuando estamos demasiado cerca de las personas y las cosas, nos cuesta percibirlas en su integridad. Ahora que media distancia y tiempo entre mis padres y yo puedo asimilar lecciones -las concientes y las inconcientes- con mayor intensidad.
Gratos saludos,
Carmelo Urso
Amor, manifestación perfecta mediante la manifestación de la imperfección de nuestra existencia humana. Detrás de cada vivencia personal, está implícito el fin último de cada uno de nosotros en la vida, tal como la conocemos, amar. Y el amor emplea los recursos necesarios para ser dado, o bien, ser expresado. Debemos recordar que somos prolongación de la vida de nuestros padres-madres, expresión del momento más sublime del ser humano: la creación de la vida. Es en ese momento donde la Voluntad del Padre-Madre-Vida es manifiesta. Por lo tanto todo lo que acontece en nuestra existencia, es producto de un fin especifico, que tal vez no alcancemos a discernir durante esta, pero que muy dentro de nuestro ser infinito sabremos si hemos alcanzado el objetivo planteado antes de llegar a esta existencia alcanzar la iluminiación.
EN MI CASO PERSONAL, FUI OMITIENDO EN MI TERCERA ETAPA LAS CARRERAS QUE LA VIDA ME FUE PLANTEANDO Y NO LOGRE TENER UNA INDEPENDENCIA ECONOMICA SOLIDA, SIN EMBARGO FUI ENCONTRANDO LA NECESIDAD DE CRECIMIENTO ESPIRITUAL, QUE HA PERMITIDO UN CAMBIO DE CONCIENCIA QUE SIN EMBARGO ME HA ALEJADO DE MUCHAS PERSONAS QUERIDAS, EN CONTRA PARTIDA ME HA ACERCADO A OTRAS MAS, QUE ESTAN EN EL MISMO CAMINO QUE YO, MI GRAN TRABAJO COMENZO POR MI ALMA Y ESPIRITU Y ES CON EL QUE ME ACOMPAÑARE DE AQUI EN ADELANTE……….
Agradezco al Uno el hecho de que conciencies los hitos del camino que te restan por integrar. Tal es hermoso síntoma de lucidez, de cordura, de santo amor por ti misma…
Abrazos desde el Norte del Sur,
Carmelo Urso
Estimada Adriana:
Si persistes en ese camino que has tomado -aunque se te presenten dificultades- tarde o temprano te llevará a la paz espiritual, el equilibrio emocional y la independencia económica. ¿Y sabes qué? Una vez que comienzas a caminar en la senda del Espíritu, ya nada te detendrá.
Abrazo fuerte desde Caracas,
Carmelo Urso
[...] LAS CUATRO EDADES DE LA VIDA [...]
[...] LAS CUATRO EDADES DE LA VIDA [...]
Siempre es bueno recibir el día con una buena refle xión, y esta ha sido muy profunda ya que llega a una persona que está en la cuarta etapa, y aunque no pue de hacer como Wuanchu Daoren, de dejar de trabajar, si está tratando, aún sin conocer este artículo, de llegar a esa Iluminación Espiritual, para ser sincero, cuesta mucho, ya que las etapas anteriores fueron, rayos, temblores y tempestades y amoldarse a la calma y la paz es un poco dificil, no imposible, lo que me ayuda es un dicho que hice para mí: “Lucha, lucha, lucha, tu eres Uno y eres invencible y tu premio será la Paz espiritual, sé que lo conseguiré, y ese será mi triunfo”, cada día ése es mi oración, anteponiendo siempre a MI SER SUPERIOR. Gracias