Escrito en Buenos Aires, inspirado en un origami encapsulado que mi paisana Elva Villegas hizo en Mèxico… dìas antes del comienzo de la Primera Convenciòn de Origami de la ciudad de Rosario, Argentina
Carmelo Urso
Aquel espantapájaros llevaba años sin espantar a nadie en su campo de centeno.
Siempre quieto, sólo la arisca brisa de invierno lograba arrancarle un leve movimiento a sus brazos hechos de viejos retales de tela y paja.
Un día, dos grajos que se cortejaban en el aire aterrizaron sobre el cómodo sombrero de copa del espantapájaros.
“¿Hay alguien allí? –preguntaron las aves.
Nadie respondió.
“¿Podemos quedarnos y anidar en tu sombrero?” –repreguntaron.
Nadie respondió.
“Quien calla otorga” –dijeron los grajos y se establecieron.
En primavera se apareaban; en verano engordaban con el centeno del campo; en otoño se posaban sobre los tejados de las casas vecinas, anunciando siniestros presagios; en invierno volaban bajo antes de migrar a campos lejanos… para de nuevo anidar en el sombrero del espantapájaros al llegar la primavera.
Nunca exigió el monigote nada a cambio. Nunca reprochó a las aves su temperamental humor, sus batallas aéreas, su incorregible falta de higiene. Nunca se quejó de la chillona algazara de los grajos, ni de los hijos de los grajos, ni de los hijos de sus hijos…
Su cabeza vacía de pensamientos –tan hueca como la copa de su viejo sombrero- era infinitamente receptiva al amor y la fiesta de los grajos… que –primavera tras primavera- siguieron anidando sobre su testa.
Una y otra vez los grajos –en son de broma- le preguntaban:
“Ey, amigo, ¿será que hay alguien allí?”.
Y el monigote, convertido en atraepájaros, nada respondía, nada reprochaba… infinitamente vacío, infinitamente generoso con los grajos que le había regalado la primavera.
facebook: Elva Villegas

Escrito por carmelourso