EL MEDIADOR OMNISCIENTE

abril 25, 2012

Carmelo Urso

twitter:@carmelourso 

 

En un enjundioso libro de 1994 (De los hechizos de Merlin, a la píldora anticognitiva, Alfadil Ediciones), la investigadora venezolana Gloria Martín efectúa una valiosa contribución al estudio de los campos culturales (la “cultura erudita”, la “cultura popular”, la “cultura masiva”).

 

El libro analiza y describe cómo a partir del siglo XVII, la emergente clase dominante (la burguesía) –sobre todo a partir del éxito de la Revolución Francesa (en lo político) y la Revolución Inglesa (en lo industrial)– comenzó un largo y arduo proceso de imposición de su concepto de cultura sobre el resto de las clases sociales. De tal suerte, en un principio, vampirizó a la cultura de las antiguas clases dominantes (la nobleza y el clero) y la cultura popular, tomó los elementos que le servían de éstas y los reelaboró en objetos artísticos (poesías y textos de ficción escritos en la lengua del hombre común en lugar del vetusto latín de los clérigos; obras de teatro que satirizaban la antigua visión teocéntrica del Universo; pintura de temas seglares en lugar de la antigua plétora de temas bíblicos) que legitimaban su visión del mundo, fundada en el liberalismo económico, la preeminencia de la razón humana y la moral puritana del trabajo.

 

De tal suerte, al inicio del cuarto capítulo del libro (El modelo proto/masivo: la cultura de puerta en puerta) Gloria Martín cita al autor español J. Martín-Barbero para elucidar el propósito de este proceso de reelaboración y transformación cultural:

 

“Mucho antes de que la antropología se hiciera disciplina científica, la

burguesía puso en marcha la ‘operación antropológica’ mediante la cual su

mundo se convirtió en el mundo y su cultura en la cultura [...] La idea de

cultura va a permitirle a la burguesía escindir la historia y las prácticas

sociales (moderno/atrasado, noble/vulgar) y al mismo tiempo reconciliar las

diferencias, incluidas las de clase, en el credo liberal y ‘progresista’ de una

sola cultura para todos”. (J. Martín-Barbero)

 

Esta reconciliación sólo lo va a ser en apariencia. Así, el campo cultural de la clase dominante –que con los crecientes avances científicos que han traído los siglos va convirtiéndose más y más en clase tecnocrática– ha devenido en una cultura erudita que, lejos de tener un carácter universal, va haciéndose cada vez más y más especializada, cada vez más y más dependiente de la tecnología, cada vez más y más separada del resto de las clases sociales y, por ende, cada vez menos y menos universal… ¡cada vez menos y menos cercana a la realidad cotidiana!

En la otra acera, está lo que suele denominarse como “cultura popular”, esa suma de saberes que la humanidad ha acumulado desde los albores de la civilización y que abarca desde las fiestas tradicionales que signaban el paso del tiempo y las más antiguas manifestaciones de las artes hasta las ancestrales formas de practicar materias tan disímiles como la medicina, la agricultura o la gastronomía. Es esa cultura popular, frecuentemente menospreciada por la cultura de élite, la que, de manera paradójica, suele proveer de identidad a esas sociedades y naciones que las clases dominantes suelen regir. Y así, aunque sean industrialmente elaborados, nada nos hace sentir más venezolanos en una fiesta que comer uno o muchos tequeños; el argentino rebosa de argentinidad al cebarse un mate a media tarde y el italiano nunca se siente más itálico que al comer un buen plato de pasta (aunque los tomates de la salsa hayan sido previamente tratados y enlatados en una fábrica).

Entre la cultura de élite y la cultura popular, ha surgido un mediador –un intermediario que con el paso y el peso del tiempo se vuelve cada vez más omnipotente; un mediador que, poco a poco, se ha transformado en regidor- que es la cultura de masas. Ésta tuvo su origen como proyecto de la burguesía para imponer su cosmovisión al resto de las clases sociales. Al considerar que el saber erudito no era digerible para el grueso del pueblo no ilustrado, la clase dominante emergida de la revolución industrial comenzó a utilizar los medios de difusión masiva como una manera de difundir su visión del mundo y sus valores a través de bienes culturales que fueran fácilmente asimilables y digeribles para la masa. El ya citado Martín-Barbero lo expresa en estos términos:

 

“… Ya desde el siglo XVII vemos ponerse en marcha una producción de

cultura cuyo destinatario son las clases populares. A través de una ‘industria’

de relatos e imágenes se va a ir configurando una producción cultural que a la

vez media entre y separa las clases. Pues la construcción de la hegemonía

implicaba que el pueblo fuera teniendo acceso a los lenguajes en que aquélla

se articula (…) No hay hegemonía -ni contrahegemonía- sin circulación cultural…”

 

Y fue así que la precaria literatura de cordel del siglo XVIII devino en la prensa escrita y en el folletín del siglo XIX…

 

El folletín mutó en novela independiente del periódico y luego en el bestseller del siglo XX

 

El bestseller empezó a devenir en serie de TV o en filme; a su vez, estos se transformaron en juegos de video, en videos para descargar de internet, en video-clips que contemplamos en nuestros teléfonos celulares… y en toda esa infinitud multimediática del siglo XXI que copa nuestro tiempo libre –vale decir, ese lapso cada vez más breve que separa a nuestras horas laborales de nuestras horas de sueño-  nuestra atención, nuestras mentes, y –corriendo el riesgo de parecer poco secular- hasta nuestras almas.

 

En su libro, Gloria Martín describe la situación con este muy claro ejemplo:

“El televisor suple el espacio donde antes familiares y amigos se, reunían para hablar.

Suple a la plaza pública, suple a la fiesta bulliciosa, suple la complicidad de las tabernas, suple las veladas colectivas de lectura en voz alta, suple el fervor de las catacumbas obreras. Sin el calor del cara a cara, el televisor, en frío, imita el aliento del goliardo, del juglar, del vagan, de las brujas, de la rueda/rueda, del lanzador de consignas. El televisor es el nuevo “hablante”, la nueva dama de compañía”.

            El libro, como ya mencionamos, es de 1994.  Sustitúyase la palabra “televisor” por “teléfono celular”, “nintendo”, “laptop”, “internet” y la situación será la misma.

De tal manera, la cultura de masas, como aquel homúnculo creado por el doctor Frankenstein, ha venido cobrando un carácter tan hegemónico que establece su dominio en hogares, ciudades y naciones; no la refrenan ni las artificiales fronteras de los países ni las etéreas alturas del espacio sideral; su avasallante parafernalia tecnológica –que va desde los metálicos satélites que orbitan al planeta hasta nuestros reproductores de MP3– diluye en su incuantificable océano de bytes a las antiguas culturas ancestrales y a la erudita cultura de las clases dominantes.

Así, la desatada criatura parece devorar al creador, el medio se torna en el único mensaje… y el antiguo mediador rige hoy, como un huésped alienante y omnisciente, a los hombres y mujeres que aún fingen creerse élites y masas, gobernantes y gobernados, regidores y regidos.


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