LA REVELADORA LUMBRE DE LA EPIFANÍA

Brillante estrella

Carmelo Urso

twitter: @carmelourso

Llegué a la edad de 30 en 1999. En aquel tiempo, justo antes del año del milenio, laboraba como Coordinador de Prensa en la empresa nacional de agua. Me iba bien en la corporación, pero aquel trabajo poco tenía que ver con mis aspiraciones literarias. Nada anhelaba más que ser escritor. Mas mi realidad era distinta: a diario redactaba gacetillas informativas sobre construcción de represas, implantación de políticas hidrológicas, medidas para prevenir el latrocinio hídrico y demás trillados temas relacionados con el sector agua potable y saneamiento.

Desde pequeño la gente solía destacar mi talento para escribir. De hecho, en el periodismo corporativo se me remuneraba bien por mis productos. Sin embargo, el siglo XX llegaba a su fin y yo ni siquiera había escrito un poema, un cuento, mucho menos una novela que tuvieran un mínimo mérito literario. La verdad es que mis relatos eran borradores informes, mis versos no existían y mis “novelas” eran inacabados e inmaduros ejercicios de estilo.

Brillante estrella 2

Ciertamente, había ganado algunos premios por mi labor periodística. Pero literatura –lo que se llama verdadera literatura– no había producido nada de nada.

Para ser sincero, todos y cada uno de mis borradores de cuentos y novelas –a los que había dedicado horas y horas de escritura desde la edad de doce años– solían acabar en el mismo sitio: el cesto de la basura. Nada de lo que creaba me dejaba satisfecho. Me sentía fracasado. No sabía qué hacer.

El sol detrás de la Tierra

Un día, tuve un serio problema con mi supervisora. No ahondaré en detalles, excepto para decir que como no podía echarme del empleo –dada la excelente reputación que me precedía– redujo mis asignaciones al mínimo. De hecho, procedió a contratar a personal externo para que llevara a cabo mi labor, mientras yo languidecía sin nada que hacer delante de mi computadora.

Me sentía miserable: nunca me ha gustado cobrar por no realizar mi trabajo. Pero poco podía hacer: la situación económica estaba lejos de ser buena; yo devengaba un buen sueldo y tenía una madre con Alzheimer a la que debía atender y mantener.
Un día, me topé con el libro Haijin: antologia del jaiku (sí, con j) de la editorial española Hiperión (año 1995). Lo adquirí porque era económico, porque se relacionaba con ciertas lecturas espirituales que me interesaban (el budismo zen) y porque, bueno, supongo que era mi destino comprarlo. Aunque era un bibliómano empedernido y un lector voraz de novelas, cuentos y ensayos, en aquella época se contaban con los dedos de una mano los volúmenes de poesía que había en mi extensa biblioteca.
Así empecé a conocer a los clásicos japoneses (mi favorito es Kobayahi Issa); luego, leí a autores contemporáneos en diversos idiomas (internet rebosaba de haiku en español, italiano, inglés y portugués) y a la vuelta de unos meses me inicié yo mismo en la escritura de este breve género poético.

Kobayahi Issa
Kobayahi Issa

Tras redactar muchos poemitas de 17 sílabas, me percaté de algo fundamental: durante años había estado tan engolosinado con el estilo de mi escritura que solía prestar más atención al lujo de las palabras que a las revelaciones que procedían de ellas. Escribía para regodearme en mi propia autosuficiencia, en lugar de prestar atención a las verdades que surgían del silencio de la letra. En su modesta brevedad, el haiku me enseñó a ser conciso, a descreer de los excesos de la forma y a depurar mi prosa de los más torpes vicios.

A lo largo de un año aproveché mis ocho horas diarias en la empresa nacional de agua para redactar brevedades. De texto en texto, conciencié otra verdad: nunca había prestado atención al inmenso poder que tiene una sola frase.

Atardecer

Antes de ejercitarme en el haiku, solía amontonar oraciones en largos y ampulosos párrafos. Hoy día, el blancor de la hoja es un portal que traspongo con sigilosa gratitud –con meditativa calma– pues de él regreso con tesoros que superan mis limitadas facultades. Y al sanear mi verso de los excesos de la forma, me depuré yo mismo de viejas jactancias. Descubrí, para mi asombro, una verdad que me habían dicho mil veces, pero que jamás había entendido de corazón: en literatura, menos es más.
Después de seis años, dejé mi empleo en la empresa nacional de agua, donde coseché afectos y aprendí montones de cosas. Me ofrecieron un cargo como director de relaciones públicas en un ministerio –con un sustancioso aumento de paga. Luego me casé, tuve hijos y seguí escribiendo brevedades.

Exploré con ganas otros géneros de la ficción mínima –del texto fugaz y sapiencial: el aforismo, la greguería, el microrrelato, la parábola, la fábula, el koan, el tenka, el palíndromo, el proverbio, el Limerick. Mi escritura breve empezó a volverse mestiza: tenían mis versos sabor aforístico, mis aforismos textura poética y se cebaban mis fábulas de unos y otros.
Hacia 2010, empecé a usar una herramienta tecnológica que no sólo ha ampliado las posibilidades de comunicación entre las personas –aboliendo distancias y fronteras– sino que rejuveneció a los géneros literarios asociados con la brevedad: se trata de la red social twitter. Al principio, la utilicé para promocionar los contenidos de mis blogs https://carmelourso.wordpress.com y http://solo50.wordpress.com Tardé dos años en percatarme de sus posibilidades literarias.

Pino de viento

Un día, un pasante me preguntó qué eran aquellos textos: “¿haiku, aforismos, poesías?”. No supe qué responder; había de todo un poco. Por darle un nombre la llamé twitteratura, etiqueta utilizada por escritores y escritoras que publican su trabajo en esta concurrida red social.

Entonces, recordé que veinte años atrás, cuando laboraba para el Consejo Nacional de la Cultura (CONAC) había dictado algunos talleres sobre literatura del siglo XX. Entre los autores incluidos en el pensum se encontraba James Joyce. El gran dublinés ha pasado a la historia por la audacia experimental de sus novelas, su habilidad para los juegos de palabras y el desarrollo de técnicas como el monólogo interior. Sin embargo, uno de los aspectos menos promocionados de la
obra de Joyce es su concepto de la epifanía.

James Joyce

El término epifanía es de origen griego y fue adoptado por el cristianismo. Señala un momento de manifestación divina. Ejemplos de ello son el pesebre de Belén –en el que tres astrólogos perciben la presencia de Dios en la figura de un niño recién nacido; el bautizo de Jesús en el río Jordán –ocasión en la que a Juan el Bautista se le revela la condición mesiánica de su primo a través de una paloma blanca que es mensajera del Espíritu Santo; y el milagro de la boda de Canaán, que significó el inicio de la actuación pública de Jesús al transformar unos toneles de agua en vino.

Joyce tomó el término epifanía para señalar un momento de profunda revelación que es desatado por un acontecimiento aparentemente banal. Percibir al Cristo en un vulnerable neonato, al Espíritu Santo en un plumífero común y corriente y al Mesías en un artificio de mago es experimentar el absoluto a través del modesto umbral de lo cotidiano.

Bautizo de Jesús en el Jordán

De manera personal, y salvando las distancias, en esta cosecha de dichos, frases, versos y sentencias he experimentado una y otra vez el poder de la revelación –sea ésta de índole poética, filosófica, estética, mística o simplemente íntima. Ya no escribo para decir mis verdades –que pueden ser tan útiles o fútiles como las de cualquiera– sino para experimentar un cachito del absoluto en el callado quicio de la epifanía.

Así, he redescubierto el poder que puede tener cada frase que escribo. Un poder que me va transformando de palabra en palabra; que me depura de lo superfluo para dejar sólo lo esencial.

cielo azul

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5 comentarios en “LA REVELADORA LUMBRE DE LA EPIFANÍA

  1. ” Serenidad “.

    En serena espectación reposan mis ojos sobre ti,
    un movimiento en el alma crea el espacio y tiempo
    para que nazca a la luz del amor una dulce plegaria.

    Grandeza es sentir que te encuentras arriba, abajo y
    en todo lo que existe como una manifestación de Dios,
    y mi oración quede en silencio dentro de tu bendito corazón.

    Con cariño y gratitud.

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  2. ” El espejo “.

    Espejo de agua
    donde mi alma descansa,
    en la quietud que refleja quien soy.

    Eres donde en las noches
    se ven la luna y las estrellas
    con sus vestidos engarzados de plata.

    Eres el cuerpo de mis emociones
    para trascender mis dudas y temores
    por la luz del dorado sol de tu corazón.

    Con cariño y gratitud.

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  3. En el principio, era el verbo…La palabra es poderosa..entender ese poder, sobrecogerse con él…saber que somos meros transmisores de una creación que nos supera, y que en ningún caso es exclusivamente nuestra…Epifanía…

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