EL NECESARIO PLACER DE LEER EN VOZ ALTA

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Carmelo Urso

@carmelourso

Desde hace algún tiempo vengo dictando talleres de microliteratura en mi Caracas natal. Tomando como punto de partida la noción de cultura de paz (refrendada por la ONU en su Resolución 53/243) abordo en mis clases expresiones literarias ancestrales relacionadas con la brevedad: el haiku japonés, el koan chino, los aforismos, las fábulas clásicas, los cuentos de hadas, las parábolas bíblicas y hasta el eslogan, el cual constituye en no pocas ocasiones una breve fórmula poética (aunque, paradójicamente, nació como un grito de guerra celta).

Quiero hablarles un poco de esta experiencia y no como un gurú del arte pedagógico (que no soy). El asunto es que algunos amigos, profesores universitarios y de secundaria, me han comentado con cierta preocupación dos problemas que suelen tener con sus estudiantes: uno, es el marcado déficit de atención que signa el desarrollo de sus clases; otro, la extendida práctica del plagio –facilitado por internet– a la hora de elaborar los trabajos en casa y hasta en clase (posibilitado por los smartphones).

teléfono celular

La verdad es que fungir como educador en la presente época entraña un enorme reto creativo. Tengo poco más de cuarenta años y percibo una sustancial diferencia entre mis hábitos mentales y los de la gente que tiene diez, veinte o treinta años menos que yo. Y no es porque este humilde servidor sea un genio por ponerlo en evidencia: ya los científicos están determinando que el uso masivo de implementos tecnológicos está cambiando la estructura del cerebro humano y, entre otras cosas, la manera que tenemos de leer, escribir y aprender.

Cuando mis maestros me ponían a leer, se esperaba que lo hiciera empezando por el principio del texto, siguiendo por el medio y terminando por el final, leyendo de arriba abajo cada palabra, cada página. Mis profesores de secundaria y universidad me mandaban a leer largas guías y hasta libros enteros. Daban por sentado que los leerías. Y yo lo hacía. Si no –al menos en los colegios en que estudié– simplemente no pasabas los exámenes. Corrían las décadas de los 80 y los 90 del siglo XX: no existía internet, no había tal cosa como teléfonos inteligentes y la consola de juegos más avanzada era el vetusto y jurásico Atari 2600. Recién compré mi primera computadora personal en 1993, a la edad de 24 años, época en que elaboraba mi tesis para graduarme de periodista en la Universidad Central de Venezuela (UCV).

El vetusto Atari 2600
El vetusto Atari 2600

Hoy en día la cosa es diametralmente distinta: los niños disponen de artilugios de alta tecnología desde que nacen. Y cada uno de ellos constituye en sí mismo un sofisticado centro de información y entretenimiento que incluye incontables posibilidades: música, películas, juegos, comunicaciones escritas y habladas, correo, medios de comunicación, aplicaciones para trabajar y estudiar, etc. Y sí, duélale a quien le duela, ellas son las actuales plataformas de lectura y escritura. Cosa que ningún pedagogo debería obviar.

No es lo mismo leer un libro, que usualmente no tiene otro estímulo que el interés que pueda suscitar el texto en sí mismo –el texto apenas soportado por la recatada hoja en blanco– que leer en una plataforma multimediática, donde al texto se le suman imágenes, animaciones, música, audios, avanzadas técnicas de diseño e infinitas opciones video-lúdicas. El libro solía estimular nuestra imaginación. Las plataformas actuales estimulan con intensidad nuestros sentidos y específicas zonas de placer de nuestro cerebro –haciéndolas potencialmente adictivas.

iphone 5

En un artículo publicado en la revista “Opción Médica”, los mexicanos Claudia Labus (docente de biología) y Romero Galván (médico clínico) señalan:

Hoy la exposición a la tecnología está alterando nuestra atención, vivimos en una “cultura de la interrupción”: mail, facebook, twitter, You Tube, sms, celulares, videojuegos. Por cada hora en internet se pierden 30 minutos de vinculación social, produciendo debilitamiento en nuestras redes neuronales. ¿Cómo inciden los miles de bits que ingresan a nuestro cerebro en un lapso tan corto cuando pasamos de una web a otra? Mientras se están formando redes neuronales al navegar por una web, las interrumpimos para pasar a otra web y volver a formar otra red; conectamos y desconectamos nuestras dendritas y sinapsis, lo que implica una reconfiguración constante de la estructura neuronal; esta hiperfragmentación de la mente, este constante flujo de multitareas, erosionan la atención y la hacen entrar en un estado permanente de distracción y dispersión de las percepciones. Estas son las causas del aumento del “Déficit atencional” (TDAH) y de lo que hoy llamaríamos “Trastorno digital de déficit atencional” (TDDA).

niño jugando videojuego

El ingeniero danés Jakob Nielsen, una autoridad mundial en diseño de interfaces para internet, ha detectado el patrón de lectura predominante entre “los nativos digitales”, esos muchachos y muchachas de veinte años o menos a los que les suelo dar clase, gracias a una técnica de investigación denominada eyetracking (“rastreo del ojo”) . Nielsen lo llama “el patrón de lectura en F”, el cual implica que, frente a la pantalla, no se lee linealmente sino que primero se hace un “escaneo” horizontal en la parte superior, de izquierda a derecha; a continuación, la mirada efectúa un segundo movimiento horizontal, más corto, en la zona inmediatamente inferior; por último, se visualiza la parte izquierda de la página con un movimiento más lento, de forma vertical.

Jakob Nielsen
Jakob Nielsen

El “nativo digital” no lee como solemos hacerlo los cuarentones, los cincuentones y los sesentones de mi época –esos “migrantes digitales” que leemos de arriba hacia abajo, palabra por palabra, página por página– sino que “escanea el texto”, vale decir, le echa un rápido vistazo general. Si las primeras palabras de cada línea no le parecen interesantes, continúa explorando hasta dar con algo que le resulte de interés. Si no lo consigue, hace click en un hipervínculo y simplemente se traslada a otro texto, salta a otra ventana digital. Además, Nielsen concluye que, en promedio, las personas sólo leen 20% de las palabras que aparecen en pantalla (lo confieso: mi esperanza de que este texto sea íntegramente leído online es bastante escasa…)

Patrón de lectura en F
Patrón de lectura en F

Cuando comencé a impartir mis clases, me percaté de que a los “nativos digitales” les costaba prestarme atención más allá de treinta o cuarenta minutos. Por otra parte, estaban pendientes, de manera constante, de sus sms, sus pins, sus réplicas en twitter, sus mensajes en facebook, sus correos… Sus teléfonos parecen apéndices inseparables de las manos y sus dedos recorren las pequeñas teclas a una velocidad que yo jamás alcanzaré. ¿Qué hacer para que se involucraran emocional e intelectualmente en mis clases? ¿Cómo dictar un taller de literatura a personas que leen de una manera tan distinta a la que yo aprendí?

Decidí que tenía que poner en sus manos algo distinto al teléfono celular y delante de sus ojos algo distinto a la pantalla. Decidí que ellos tenían que dar buena parte de la clase para aprender lo que ellos mismos impartirían. Decidí que la clase tenía que convertirse en una suerte de pedagógica puesta en escena que resultara interesante. Y mi inspiración no fue una moderna técnica educacional, sino más bien una bien antigua.

Decidí ponerlos a leer en voz alta.

leer en voz alta

Hoy en día nos parece natural la lectura silenciosa. Hoy en día nos parece natural que todo el mundo lea. Pero no fue siempre así. Hace dos mil años, hace mil años, hace quinientos años, leer era un privilegio de pocos. Literalmente de pocos, pues la mujer, en casi todas las culturas, y hasta inicios del siglo XX, solía ser apartada de la educación formal y, por ende, de la lectura.

En un interesantísimo artículo, La lectura silenciosa y la lectura en voz alta, recogido por la publicación “Espacios para la Lectura” (año 1, no. 2, 1996, pp.4), la filóloga germana Margit Frenk señala que la práctica de leer sólo con los ojos se impuso recién en el siglo XV, “el siglo que trajo consigo el advenimiento de la imprenta”. Según Frenk, “en la antigüedad griega las obras se divulgaban principalmente a través de la recitación pública: la gente se reunía para oír leer. También en la Roma antigua los textos eran leídos oralmente, recitados de memoria, salmodiados o cantados (…) En la Roma imperial las obras literarias se leían en reuniones informales y privadas entre los amigos del autor, pero a partir del reinado de Adriano existieron edificios públicos a ese fin (…) Así, a lo largo de la Edad Media, todos, tanto analfabetos como los que sí sabían leer, estaban acostumbrados a escuchar el sonido de las letras, mucho más que a ver su forma gráfica”.

Emperador Adriano

Esto tenía serias consecuencias tanto a la hora de leer como a la de escribir. En tal sentido, expresa Frenk: “En todos los ámbitos era la voz, con su presencia material, la que venía a dar sentido a una escritura que, sin ella, era verdaderamente letra muerta. Junto a la voz estaba el espectáculo casi teatral creado por la lectura, con la fuerte presencia física del que leía, recitaba o cantaba, con su expresividad gestual y vocal y –cosa igualmente importante– con la presencia física de los oyentes (…)”. Por otra parte, “en todos esos siglos de lectura en voz alta y recitación de los textos no se escribía como hoy. Podemos decir, de manera figurada, que el escritor de hoy escribe en silencio, mientras que el de otros tiempos escribía en voz alta. El autor que preveía una recitación o una lectura en voz alta de su texto frente a un grupo de oyentes, escribía escuchando el efecto sonoro de sus palabras y dándoles un movimiento y una organización que correspondieran a lo que un público auditor podía captar, gozar y aun memorizar”.

lectura dramatizada

En pleno siglo XXI, la lectura en voz alta vuelve a cobrar una importancia crucial. ¿Por qué? Porque los “nativos digitales” han pasado buena parte de sus vidas contemplando pantallas donde la gente habla, habla y habla… habla para informarnos de las noticias que cambiarán nuestras vidas (o eso nos hacen creer) y para comentar los chismes de farándula de último momento. Son pantallas en las que los políticos y los comentaristas de fútbol discursean y discuten durante horas, sin cesar; pantallas en las que los amantes se enamoran en interminables telenovelas, los héroes se juegan la vida en catastróficas películas de acción y las estrellas del escenario cantan en multitudinarios conciertos. Pantallas en las que nos hacen creer que ocurre la verdadera realidad.

Pantallas en las que titanes animados habitan fulgurantes mundos imaginarios. Pantallas en las que la personalidad del video-jugador se funde –hasta extremos patológicos– con las de su personaje en la aventura de rol. Pantallas en las que los nuevos ídolos de la canción son vocaloids holográficos como Hatsume Miku o Lily V3. Parafraseando al gran poeta cubano José Lezama Lima, esas pantallas se han convertido en una indócil y adictiva sobrenaturaleza, en la que las imágenes que contemplamos han sustituido a los signos que antes solíamos leer; en la que las imágenes digitales han suplantado a las propias imágenes que antes solíamos imaginar.

tablet samsung

No sé si es bueno, no sé si es malo; pero el “nativo digital” ha pasado miles y miles de horas frente a esas imágenes que le hablan. Para él sería más cómodo que los libros también le hablasen. Sea porque el autor escriba “con un tono hablado”, sea porque los textos literalmente se escuchen, como en el caso de los cada vez más exitosos audiolibros.

Es por eso que pongo a leer en voz alta a mis estudiantes.

Suelo obrar de la siguiente manera. Primero, hago una exposición del tema del día que dura de quince a veinte minutos. Luego, pongo a leer a los alumnos un texto que he preparado para la clase. El texto suele estar escrito “con tono hablado” y con párrafos de cinco a ocho líneas de largo (a veces un poquito más, a veces un poquito menos). Cada párrafo es leído por un alumno diferente. Tras cada párrafo, suelo hacer un comentario o dejo que los muchachos lo hagan.

Terminado ese texto teórico, inicio un recital de textos poéticos o narrativos de acuerdo al tema del día. Por ejemplo, si la lección trata sobre haiku, leemos poemas clásicos de autores japoneses y textos destacados de alumnos de mis talleres anteriores. Cada poema es recitado por una persona diferente. Pido a los participantes que me expresen qué sensaciones o ideas les produce cada pieza. Cuáles les gustaron y cuáles no. De allí, suele nacer un diálogo, que bien puede ser un ciclo de preguntas y respuestas o un intercambio de opiniones.

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Luego, les doy 45 minutos para que escriban, como mínimo, un texto. Tengo alumnos que han escrito diez haikus o aforismos de una sola sentada y hay quienes escriben uno o dos. No hay juicios sobre la cantidad. Lo único que importa es que sean originales. En tal sentido, si lo estimo conveniente, mando a apagar (o a sepultar en lo más profundo de sus mochilas o bolsos) sus teléfonos celulares, a fin de evitar plagios o falsos milagros de inspiración por pícara vía digital.

La clase suele terminar con un recital en el que los educandos leen su propia cosecha a viva voz. No sé si es algo inherente a la forma de ser de los venezolanos y venezolanas, pero jamás me ha pasado en mi país que alguien no quiera leer lo que escribió. Y cuando facilité el taller en Argentina fue igual. Así que la práctica parece indicar que no lo estoy haciendo tan mal. O que a los venezolanos y argentinos les encanta hablar en público, je, je, je.

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Los textos que me parecen dignos, buenos o simplemente excelentes acabo publicándolos en mi blog de microliteratura Sólo50 http://solo50.wordpress.com/ el cual se acerca al millón de visitas (de más de 150 países) y al centenar de autores, con más de mil textos en línea.

Por cierto, si estás interesado en que dicte un taller (largo o corto) en tu comunidad u organización, escríbeme al correo solo50cincuenta@gmail.com. También me puedes seguir en twitter (@carmelourso) Siempre será divertido encontrarnos en ese territorio lleno de vívidas sorpresas como lo es la literatura.

Y no importa si eres un dinosaurio migrante digital como yo o un genuino nativo digital como mis hijos Paula Sofía y Juan Rodrigo. Siempre será un placer compartir contigo la ancestral dicha de leer y ser leído, de escribir y de escuchar lo que las almas amigas escriben…

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SIMÓN RODRÍGUEZ: AFORISMOS DE UN PEDAGOGO AMERICANO

Simón Rodríguez
Simón Rodríguez

Carmelo Urso

@carmelourso

Las enciclopedias escolares –en su desinformada aridez– suelen presentarnos al caraqueño Simón Rodríguez como “el maestro de Simón Bolívar”. Ciertamente lo fue –y más que maestro, fue verdadero mentor del Libertador– pero también fue muchas cosas más.

Viajero incansable, conspirador libertario, fugitivo de la justicia, crítico feroz del sistema monárquico, apasionado defensor de la forma de gobierno republicana, genial conversador y hasta hacedor de velas, Simón Rodríguez era, por sobre todas las cosas, un filósofo de la pedagogía, un maestro adelantado a su tiempo que “enseñaba divirtiendo”, un educador cuyo máximo propósito era “enseñar a aprender”.

Es fama que, a lo largo de décadas de viajes y exilios, Simón Rodríguez acumuló una gran cantidad de pensamientos que dejó anotados en incontables cuadernos que llevaba consigo en dos grandes cajas de madera.

Las cajas se perdieron tras su muerte y de sus escritos apenas quedaron unos pocos legajos. De ellos han sido extraídos los siguientes aforismos, que siguen teniendo una substanciosa vigencia:

niños 1

La mayor fatalidad del hombre, en el estado social, es no tener con sus semejantes un común sentir de lo que conviene a todos.

El hombre no es ignorante porque es pobre, sino al contrario.

Piensa en todos para que todos piensen en ti.

Leer es el último trabajo de la enseñanza. El orden debe ser: calcular, pensar, hablar, escribir y leer. No: leer, escribir y contar.

niño 2

La impotencia física esclaviza. La impotencia mental somete.

El hombre ignorante no sabe gobernarse.

En la vida moral del hombre la sociedad es el útero y la infancia es el feto. Descuidos y desarreglos durante la gestación causan abortos y producen enclenques inútiles.

¡Cuántos resabios desagradables no se adquieren en una mala escuela!

niños 3

El maestro tiene el don de inspirar en unos -y excitar en otros- el deseo de saber.

Maestro es el dueño de los principios de una ciencia, o un arte, que sabe hacerse entender con gusto.

Unos se proponen ostentar sabiduría, no enseñar. Otros quieren enseñar tanto que confunden al discípulo.

Los hombres limitados envidian el talento y aborrecen al que lo tiene.

niños 4

Querer hacer lo que no podemos, sólo porque la obra es buena, es prueba de un celo indiscreto.

El maestro que sabe dar las primeras instrucciones sigue enseñando virtualmente todo lo que se aprende después, porque enseñó a aprender.

El título de maestro no debe darse sino al que sabe enseñar, esto es, al que enseña a aprender.

El arte de enseñar consiste en saber llamar, captar y fijar la atención.

Enfants de Lebban al-Sharqiya

El maestro no debe ir al hospital a agravar sus males ni a casas de misericordia a guardar dieta y pesar menos cuando lo lleven a enterrar.

El maestro debe contar con una renta que le asegure una decente subsistencia y así pueda hacer ahorros para sus enfermedades y vejez.

Las cosas no son buenas ni malas sino cuando la experiencia ha enseñado a conocerlas.

Quien los guíe piden los niños. Quien los dirija piden los jóvenes. Que los toleren piden los hombres. Que los sostengan piden los viejos.

niños 6

El que no hace nunca yerra; más vale errar que dormir.

Enseñen y tendrán quien sepa. Eduquen y tendrán quien haga.

Los niños creen que la escuela es para fastidiarse. El maestro cree que debe fastidiar para dar ejemplo. Los niños aprenden a mentir, el maestro a disimular.

Obedecer ciegamente es el principio que gobierna. Por eso hay tantos esclavos -y por eso es Amo el primero que quiere serlo.

Artistic Endeavour

Un pueblo republicano sabría lo que es la cosa pública.

Enseñen a los niños a ser preguntones y obedecerán a la razón. No a la autoridad como los limitados ni a la costumbre como los estúpidos.

Enseñen a los niños a ser preguntones, para que pidiendo el POR QUÉ de lo que se les mande a hacer se acostumbren a obedecer a la razón.

Educar es crear voluntades.

Sólo la educación impone obligaciones a la voluntad. Estas obligaciones son lo que llamamos hábitos.

De los hombres puede esperarse algo. De los jóvenes mucho. De los niños todo.

niños 8

FELIZ DÍA DEL ARQUITECTO (CON MOTIVO DE LA FUNDACIÓN DE LA SOCIEDAD VENEZOLANA DE ARQUITECTOS EL 4 DE JULIO DE 1945)

par de arquitectos

Carmelo Urso y André Reinoso

Conciben ideas que se tornan puentes, casas, edificios, metrópolis. Sueños de metal y hormigón, de ganas de rascar el cielo, de dignificar el entorno humano. Sueños de ciudades en las que el espacio público se viste de arte, de verde, de armonía. Visiones de un mundo donde caminar es un placer, donde la plaza tiene calor de compartir, donde habitar es el derecho inalienable a disfrutar del buen vivir.

Feliz día, Arquitectas y Arquitectos

Feliz día, hacedores de urbes.

planos de arquitecto

PUNTUAR: EL ARTE DE SAZONAR UN TEXTO (parte 1)

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Carmelo Urso

@carmelourso

Tras un cuarto de siglo escribiendo textos de toda índole, he llegado a la conclusión –probablemente no muy original– de que el arte de puntuar tiene mucho en común con el de sazonar un plato. La experiencia me dice que aunque existen reglas básicas de puntuación y manuales que las explican, la realidad es que cada escritor (o escribano) tiene sus propios y muy puntuales gustos, sus propios trucos redaccionales, sus propias supersticiones sintácticas. De tal forma, al leer este texto, hazlo más con espíritu lúdico que con afán prescriptivo, como quien se instala en la cocina a preparar un suculento plato que luego degustará.

Salero

El punto: la sal de ese territorio que es el párrafo.

La sal es la única roca comestible. Literalmente, la piedra fundamental de la sazón. “Sois la sal de la tierra”, dijo el Nazareno a sus discípulos. En aquella época desprovista de supermercados, la sal era tan escasa y valiosa que la frase de Jesús comportaba un sabroso halago para sus apóstoles. Hoy en día, la sal es el elemento básico para condimentar en todas las civilizaciones –al punto de que muchos sufren de hipertensión por su alta ingesta. Para mí, el punto es la sal del párrafo. Vale decir, la piedra fundamental de la puntuación.

Opino que el punto es el signo que marca el ritmo del párrafo. Frases cortas dinamizan la cadencia de la prosa. Frases largas la tornan más compleja –quizás más interesante y llena de sorpresas, pero con una legibilidad tortuosa. En el discurso argumentativo, el punto y seguido permite una concatenación elegante de las ideas. En narrativa, facilita la fluencia de la acción.

Jean Cocteau
Jean Cocteau

Recuerdo dos novelas paradigmáticas por su uso mágico de la frase breve y el punto y seguido: “Thomas, el Impostor” del francés Jean Cocteau y “La Invención de Morel”, del argentino Adolfo Bioy Casares. A esta estrategia de escribir corto y puntuar seguido, el autor austral –amigo y estrecho colaborador de Jorge Luis Borges– la denominó “la técnica del pan rallado”, el cual es por cierto fundamental a la hora de preparar una buena milanesa o unas soberbias albóndigas.

En el siguiente microrrelato, atribuido al improbable autor francés Louis Prolat, el punto y seguido es usado de manera magistral. En pocas frases, narra con despojada eficacia el comienzo y el fin de dos hermanos que a punto estuvieron de destruir al Imperio Romano.

EL ENCUENTRO
Educados para odiar y destruir Roma, los hermanos Aníbal y Asdrúbal invadieron a Italia uno por el Sur y otro por el Norte. Durante once años no se vieron. Su plan era encontrarse en Roma el día de la victoria. Pero el cónsul Nerón derrotó a Asdrúbal en las márgenes del Metauro. Ordenó que le cortaran la cabeza y la mandó arrojar en el campamento de Aníbal. Así Aníbal supo que Asdrúbal había sido vencido.

Louis Prolat, La Tarif de Marseille (1869).

Aníbal

Por alguna razón que aún no logro elucidar, buena parte de los pasantes de periodismo que tutelo llegan a mis manos con un vicio que me resulta intolerable: tachonan sus párrafos de infinitas comas. De ellos he leído –con indisimulable asombro– párrafos de siete, diez, quince líneas sin que medie un solo punto y seguido.

No es que quieran emular al Nobel portugués Saramago (cuyo estilo encabalgado no acaba de cautivarme) o al virtuoso austríaco Thomas Bernhard (que perpetraba sórdidas novelas de 300 páginas constituidas por un solo párrafo). Simplemente, obran desde una sintáctica inconsciencia que les impele a amontonar frases como si fuesen cachivaches. Cada frase entraña una idea y las ideas no deberían ser tratadas como trastos rotos. Deberían ser tratadas con delicada claridad, con refinado respeto. Bien dosificado, el punto y seguido reporta orden a las ideas de un párrafo y les da un buen sabor que el lector paladea agradecido. Al menos, desde mi sápido punto de vista.

Philippe de Montebello

Las comas: útiles como el ají y el ajo

“No solo de pan vive el hombre”, reza el antiquísimo proverbio. No solo de puntos vive el párrafo. Ciertamente, el punto es signo tan importante que la palabra “puntuación” y el verbo “puntuar” derivan de él. Sin embargo, usar sólo el punto restringiría enormemente las posibilidades expresivas de nuestra escritura. Es como si pretendiésemos sazonar un plato únicamente con sal. En caso de extrema necesidad se podría hacer, pero a la larga resultaría monótono, aburrido. Y en nuestra alacena gramatical disponemos de otros útiles recursos.

Mis dos abuelas eran excelentes cocineras. Asunción, la venezolana, le enseñó a mi mamá el benéfico uso del ají dulce (que en otras latitudes llaman pimiento). Leonarda –la siciliana– era experta en saborizar con ajo. Siguiendo la metáfora que da título a este artículo, la coma es al párrafo lo que el ají es a la comida del Oriente venezolano y lo que el ajo resulta para el arte culinario del Sur de Italia: indispensable para que un texto quede perfecto.

ajo

Todos hemos leído en los manuales de Gramática que los puntos marcan pausas largas y las comas pausas cortas. Que los puntos se colocan al final de una frase cuando una idea está completa y que las comas encadenan frases que desarrollan ideas similares. Pero donde la coma tiene –sin duda– un uso protagónico es en las enumeraciones.

Las enumeraciones no son, como piensan algunos, simples listas de objetos o sujetos. La enumeración es un recurso retórico que puede expresar, de modo acumulativo, la grandeza o complejidad de una persona, empresa o situación. Puede reflejar desde la mundana abundancia de bienes materiales y la multiplicación de logros de una institución hasta la ilimitada vastedad de la Naturaleza y el Cosmos.

ají dulce 2

En primer término, tenemos la enumeración simple que comienza normalmente con una frase organizadora seguida de dos puntos. Luego, los elementos se jerarquizan según distintos criterios: por orden alfabético; por orden de importancia (ascendente o descendente); del más frecuente al más raro (o viceversa); del más grande al más pequeño; del más alto al más bajo; del más antiguo al más reciente –entre otros. Este tipo de enumeración es propia de una prosa funcional, que atiende a criterios de orden lógico, metodológico, sistemático. Un ejemplo:

“Las naciones que conforman la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) son: Angola, Arabia Saudita, Argelia, Ecuador, Emiratos Árabes Unidos, Irak, Irán, Libia, Kuwait, Nigeria, Qatar y Venezuela”.

logo opep

En cambio, en la poesía la enumeración puede adquirir una abundancia torrencial. Puede tornarse irrefrenable música que mana como cauce de indómitos símbolos. Vocablos rebeldes en los que a granel arde la rara luz de la epifanía. Lenguaje emancipado en el que las palabras fulgen con milagrosa –y caprichosa– libertad asociativa. Poetas como el norteamericano Walt Whitman y el chileno Pablo Neruda hicieron de la enumeración populosa su bandera expresiva. Más cercano a mi gusto, el poeta argentino Oliverio Girondo (1891-1967) fue un maestro de la vanguardia surrealista de mediados del siglo XX y, cuándo no, un maestro indiscutible de la enumeración poética. Aquí, dos célebres ejemplos de su indeleble cosecha.

Oliverio Girondo
Oliverio Girondo

El Espantapájaros (Poema número 12)
de Oliverio Girondo

Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, se despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehúyen, se evaden y se entregan.

Viajero cósmico


Vuelo sin orilla
de Oliverio Girondo

Abandoné las sombras,
las espesas paredes,
los ruidos familiares,
la amistad de los libros,
el tabaco, las plumas,
los secos cielorrasos;
para salir volando,
desesperadamente.

Abajo: en la penumbra,
las amargas cornisas,
las calles desoladas,
los faroles sonámbulos,
las muertas chimeneas
los rumores cansados,
desesperadamente.

Ya todo era silencio,
simuladas catástrofes,
grandes charcos de sombra,
aguaceros, relámpagos,
vagabundos islotes
de inestable riberas;
pero seguí volando,
desesperadamente.

Un resplandor desnudo,
una luz calcinante
se interpuso en mi ruta,
me fascinó de muerte,
pero logré evadirme
de su letal influjo,
para seguir volando,
desesperadamente.

Todavía el destino
de mundos fenecidos,
desorientó mi vuelo
-de sideral constancia-
con sus vanas parábolas
y sus aureolas falsas;
pero seguí volando,
desesperadamente.

Me oprimía lo flúido,
la limpidez maciza,
el vacío escarchado,
la inaudible distancia,
la oquedad insonora,
el reposo asfixiante;
pero seguía volando,
desesperadamente.

Ya no existía nada,
la nada estaba ausente;
ni oscuridad, ni lumbre,
-ni unas manos celestes-
ni vida, ni destino,
ni misterio, ni muerte;
pero seguía volando,
desesperadamente.

Universo

Ambos constituyen poemas narrativos donde la enumeración, dinamizada por la omnipresente coma, despoja al texto de toda menudencia inútil. Haciendo gala de una envidiable economía del lenguaje, Girondo y su desparpajado humor nos acompañan en un viaje que se inicia en los linderos de la cotidianidad más prosaica y acaba en la siempre angustiosa frontera de la infinitud.

El primer poema –con el uso exclusivo de verbos reflexivos en tercera persona del plural– agota todas las posibilidades del ciclo de la vida y la muerte (reencarnación incluida).

cocina

El segundo, desde la “amarga cornisa” de la desesperación, ensaya un vuelo con el que muchos hemos soñado y elucubrado, pero que pocos toman el riesgo de emprender. La coma actúa como un catalizador que le confiere a ambos textos un vértigo sidéreo, una deliciosa ligereza. Girondo, como experto cocinero en tiempos de escasez, toma pizcas de contados elementos y los combina con tal destreza que acaba ofreciéndonos un verdadero banquete.

Como en la buena cocina, lo importante al escribir no es saturar el paladar del lector sino saciar su apetito, balaceando con sapiencia los ingredientes del texto. El noble punto y la versátil coma –al igual que el ajo y el ají, la pimienta y la sal– marcan la diferencia entre una escritura que es festín para los sentidos y un manjar cuya sazón malogre el hambre del mejor comensal.

Tomates con ajo