DEBÉIS SER COMO NIÑOS PARA ENTRAR AL REINO DE LOS CIELOS

Escena de la película "Madagascar"

Carmelo Urso

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http://twitter.com/carmelourso

Septiembre de 2005: trabajaba como Director de Relaciones Públicas en una institución de mi país, Venezuela. Era un día sábado… ¡un sábado de trabajo y estrés, no de reposo y descanso familiar! Durante los últimos dos años, la situación se había repetido con frecuencia: laborar los fines de semana se había vuelto para mí una insana costumbre. Al tener un cargo de confianza, debía acudir a mi trabajo cuando se me requiriese… ¡vale decir, a casi cualquier hora o día!

Eran las dos de la tarde. Jugaba solitario en la computadora; esperaba una llamada telefónica: de hecho, llevaba horas aguardándola.

Acostado sobre dos incómodas sillas (no había mejor lecho en la oficina), mi hijo Juan Rodrigo Urso –de tres años y medio de edad- dormía como podía su siesta.

La situación era calamitosa, digna de una obra de teatro del absurdo. Se me había asignado producir una gigantografía, una de esas descomunales vallas que suelen colocarse como fondo de escenario en grandes conciertos y concentraciones públicas.

El diseño de la gigantografía estaba listo desde el lejano día lunes. No obstante, una serie de indecisiones de la alta gerencia había postergado su impresión. El obstáculo, por así decirlo, era el eslogan que llevaría escrito la súper-valla.

Cada día, por una u otra circunstancia, el proceso se había detenido abruptamente en el último momento. El lunes, cuando estaba a punto de dar el sí definitivo a la imprenta, el vice-director me llamó alarmado: “Carmelo, ¡detén la impresión de la gigantografía! ¡La directora general quiere cambiar el eslogan!

El martes en la tarde me informaron: “La directora general decidió cambiar el lema. Ya no usaremos ‘Poder Comunal’ sino ‘Poder Comunitario'”. Sin embargo, ese día, cuando estaba a punto de ordenar la impresión de la valla, recibí nuevamente la instrucción de detenerla.

El miércoles, el eslogan cambió de “Poder Comunitario” a “Poder de la Comunidad”… pero al final de la tarde, se me instruyó –una vez más- parar el trabajo.

El jueves cambiamos de “Poder de la Comunidad” a “Poder del Pueblo”: igual no imprimimos; el viernes, se pensó en “Poder de la Gente” y “Poder del Trabajo Comunal”: tampoco mandamos el arte a imprenta.

Llegó el infausto sábado. El añoso aire acondicionado de mi oficina emitía un constante y asmático bramido. Llamé al vice-director. Le dije: “Hermano, si no mandamos a imprimir la gigantografía, no va a estar lista para el evento del lunes. ¡Es ya o ya!”.

Un cuarto de hora después, recibí respuesta: “Carmelo, la directora general ya decidió: ‘Poder Comunal’. ¡Apúrate porque es urgente! Ah, ella acaba de convocar a una reunión extraordinaria para las 3 y media. ¡Te esperamos!”

Indiqué al diseñador gráfico el “cambio” ordenado por la alta funcionaria. Reímos por no llorar. Hambriento y cansado, el diseñador se marchó a casa. Con un motorizado, envié el arte a imprenta: pagaríamos una exorbitante cantidad de dinero por imprimir el sábado y domingo un trabajo que muy bien se podría haber hecho –sin dislates ni apuros- durante la semana regular de trabajo.

Faltaban diez minutos para las tres de la tarde. Mi hijo seguía durmiendo sobre aquellas vetustas sillas.

De pronto, sentí una inmensa indignación contra mí mismo: ¿por qué en vez de estar paseando aquel sábado con mi esposa y mi hijo Juan Rodrigo había desperdiciado mi tiempo en espera de aquel insustancial eslogan, vegetando en aquella oficina de paredes descascaradas y ruinosos tabiques de fórmica?

En realidad, para ser honestos, la situación de aquel día no era excepcional: eventos absurdos como ése –dignos de una alocada pieza de Samuel Beckett o Eugene Ionesco- se habían repetido una y otra vez en los últimos dos años de mi vida, tiempo en el que había laborado para esa institución…

Samuel Beckett, Premio Nobel de Literatura

De repente, experimenté un súbito instante de comprensión, lo que los japoneses llaman “satori”: desde el fondo de mi alma, entendía que yo era el único responsable por vivenciar aquellos eventos insensatos. Por ceder mi “poder personal” a gente que no parecía estar cuerda. Por entregar mi valioso tiempo de descanso y lo mejor de mi talento a personas que no obraban con lucidez… ¡de tal suerte, resultaba yo estar tan demente como ellos, pues vibraba al son de su misma energía!

Con un plácido bostezo, mi hijo Juan Rodrigo despertó. Apenas cobró conciencia, preguntó: “Papá, ¿ya nos vamos?”. Dubitativamente le respondí: “No sé, hijo, parece que tengo una reunión”. La experiencia no iba ser nueva para él. De hecho, a varios directores y directoras nos había tocado acudir a esas reuniones “extraordinarias” con nuestros hijos e hijas, de manera que tales encuentros se convertían en una patética mezcla de amateurismo gerencial e improvisado salón de “kinder-garten”.

Mi hijo protestó con vehemencia: “Papá, ¡tú me prometiste que íbamos al cine!”. No sabía qué responderle. En realidad, él tenía razón. No me pedía que lo llevara de viaje a una lejana isla del Pacífico o que le comprara un auto de medio millón de dólares; lo que exigía era del todo razonable: una sesión sabatina de cine con papá. ¿Y yo no era capaz de satisfacer tan simple requerimiento?

Pensé: “¡Aaah!, ¡la verdad es que no estoy haciendo las cosas muy bien…!”.

En un instante santo, reparé en que mi hijo de tres años y medio estaba bastante más cuerdo que yo… y, definitivamente, ¡yo necesitaba ser guiado –con urgencia- por alguien dotado de cordura!

Todo me importó un cuerno: reunión de directores, gigantografía, súper-evento del lunes…

Aún algo inseguro, pregunté: “Hijo, ¿qué película quieres ver?”. Enfáticamente respondió: “¡Madagascar!”.

Mi hijo Juan Rodrigo Urso dijo enfáticamente: "Quiero ver ¡Madagascar!".

Le tomé de la mano… o más bien, él me la tomó a mí. Con silenciosa autoridad, me condujo a la puerta de salida.

Y así, capitaneado por mi hijo, dejé atrás aquella destartalada oficina para embarcarme en una experiencia que iba a cambiar mi vida…

Volver a ser niño en un viejo cine del Centro

Juan Rodrigo y yo emergimos de las “Torres de El Silencio”. Hacia la quinta década del siglo XX, aquellas torres gemelas habían sido símbolo de progreso y modernidad de la pujante ciudad de Caracas. Medio siglo después, exhibían esperpénticos signos de decadencia y abandono –pese a ser sede de importantes instituciones de mi nación.

Vista de las Torres de El Silencio y la Plaza Caracas en Caracas, Venezuela

Salimos a la inmensa Plaza Caracas; por aquellos días, era imposible transitarla libremente; ese espacio público que antaño se usara para conciertos, mítines políticos, o simplemente, para el disfrute ciudadano, se había convertido en un tortuoso y abigarrado laberinto: en él, cundían cientos y cientos de maltrechos tarantines donde se expendían la más disímiles mercaderías –desde películas pornográficas y ropa de contrabando hasta comida chatarra, fuegos artificiales y sustancias de consumo ilegal. Diariamente, al llegar o salir de mi trabajo, yo atravesaba ese hediento dédalo, en el que adultos y niños pernoctaban, comían y hacían sus necesidades.

Huyendo de tal caos, caminé con mi hijo en dirección norte, hacia el Centro histórico de la ciudad; después de diez minutos, llegamos a las inmediaciones de la Asamblea Nacional. Frente a la regia sede del Poder Legislativo se hallaba el Teatro Ayacucho, la sala de cine más antigua de Caracas; ese añejo santuario del séptimo arte había funcionado ininterrumpidamente desde 1925, año en que había sido inaugurado por el entonces presidente de la República, general Juan Vicente Gómez.

Vista del Teatro Ayacucho en el centro de Caracas

De pronto, me di cuenta de tres cosas: a) nunca había visto una película allí; b) exhibían “Madagascar” en funciones continuadas; c) comparado con los cines que yo solía frecuentar en el Este, sus precios eran muy económicos. Conclusión: compré dos entradas para ver la película; minutos después, en la amena oscuridad de la sala –mientras mi hijo y yo bebíamos gaseosas y devorábamos palomitas de maíz- me divertía pensar en mis colegas directores… ¡de seguro se desgañitarían hasta altas horas de la noche, enzarzados en inútiles diatribas!

Tras veinte minutos de publicidad y anticipos cinematográficos, “Madagascar” estaba a punto de comenzar. Con el estómago lleno de chocolate, rosetas saladas y colas negras (y sin mortificarme por las dudosas cualidades nutritivas de tales alimentos), me distendí sobre la silla, me relajé completamente y entré en una suerte de estado de gracia. Abrazado a mi hijo, yo era un infante más en esa sala llena de niños.

Y entonces (¡luz, cámara, acción!), empezó dentro mí la verdadera película de mi vida…

Cine espiritual al estilo “Dreamworks”

Uno de los hallazgos artísticos más importantes de la primera década del siglo XXI ha sido la consolidación de un género fílmico que –a falta de mejor nombre- suele ser denominado “cine espiritual”.

Títulos como “¿Y tú que sabes?”, “Uno”, “El Guerrero Pacífico”, “El Secreto”, “Zeitgeist”, “La Evolución Índigo”, “Arjuna”, “Conversaciones con Dios”, entre muchos otros, han ido perfilando una tendencia planetaria: más y más personas despiertan a imagen y semejanza del Amor Divino, lo cual se traduce en un mayor consumo de productos audiovisuales de temática espiritual.

Escena de la película "Conversaciones con Dios"

En los últimos años, he sido testigo del benigno efecto que esas películas han tenido en amigos, conocidos y, por supuesto, en mí mismo. Ajenas a los circuitos comerciales de cine, y con la única promoción del “boca a boca”, tales films son copiados y distribuidos con avidez por personas que incursionan en la sagrada aventura del auto-conocimiento.

Esta tendencia ha impregnado, incluso, a películas realizadas por los grandes estudios de Hollywood: tal es el caso de “Madagascar”, cinta producida por la compañía “Dreamworks”.

De tal suerte, allí estaba yo, con mi hijo, en un antiguo cine caraqueño, contemplando ese film.

Veíamos a Marty, la Cebra, corriendo en cámara lenta a través de una Jungla idealizada, idílicamente pacífica, con una expresión de indescriptible felicidad en el rostro. Más que Jungla, aquello parecía el Cielo. Con largas zancadas e ingrávidos saltos –al son de una música angelical- Marty salvaba abismos, altiplanos, montañas, acompañado de una bandada de etéreos pingüinos volantes.

Aquello parecía un sueño.

Y lo era, porque, de pronto, Alex el León, el mejor amigo de Marty, lo despertó de su fantasía. “¡Feliz cumpleaños!” gritó el felino, despabilando a la Cebra.

Alex el León y Ben Stiller

En realidad, Marty trotaba sobre una cinta de ejercicios en el Zoológico de Nueva York. “¡No me interrumpas cuando sueño despierto” dijo la Cebra a Alex. “¡Aquí te traigo un regalo! ¿Por qué te molestas, Marty?”, preguntó extrañado el León. Replicó la Cebra: “Ah, es que los años pasan y yo sigo haciendo lo mismo de siempre. Alex, ¿no te incomoda no saber absolutamente nada de la vida fuera del Zoológico? Mírame, amigo, tengo diez años; estoy a la mitad del camino y ni siquiera sé si soy blanco con rayas negras o negro con rayas blancas…”.

Despatarrado en mi silla del Ayacucho, encontré en ese diálogo una clara alusión a la “Divina Comedia” del Dante, cuya primera línea reza: “A la mitad del camino de mi vida, me encontré caminando en una selva oscura” (símbolo de confusión espiritual). De repente, reparé en algo aún más inquietante: salvando las distancias, a mis treinta y tantos años, mi vida era igualita a la del Dante y a la de Marty la Cebra: estaba a mitad de camino, encerrado en el triste Zoológico de mi rutina vital, anhelando un Cielo que sólo veía en sueños y sin terminar de conocerme a mí mismo.

La película continuaba. Más tarde, en su jardín, Marty se encontraba con unos pingüinos que cavaban un túnel para escapar del Zoológico. “¿Estamos en la Antártida?”, preguntaron las aves a la Cebra. Respondió Marty: “No, estamos en Nueva York. ¿Y qué se supone que están haciendo ustedes?”. Explicó el jefe de los pingüinos: “Hoy saldremos de este chiquero. ¿Acaso has visto pingüinos correr libres por las calles de Nueva York? ¡No, claro que no! ¡No pertenecemos a aquí! ¡Nada de esto es natural! Todo esto es como una especie de conspiración. Iremos a los espacios abiertos de la Antártida. ¡A la Jungla!”.

Los famosos pingüinos de Madagascar

“¿A la Jungla?” –preguntó asombrada la Cebra, recordando su ensoñación matinal- “Entonces, ¿eso se puede? ¡Yo también deseo ir a la Jungla! ¡Volver a la Naturaleza! ¡Volver a mis raíces!”.

Mientras engullía palomitas –y me sentía cada vez más afligido por verme reflejado en los personajes de la película- me decía a mí mismo: “Yo también quiero salir de mi chiquero. De mi chiquero laboral, de mi chiquero mental, de mi chiquero espiritual. ¡Yo también quiero descubrir mi verdadera Naturaleza, volver a mis raíces, encontrar mi propio Cielo! Pero, según veo, antes tengo que salir de mi particular Zoológico, de esta “matrix” irreal en la que transcurren mis días”.

Más tarde, en plena fiesta de cumpleaños, los amigos de Marty le exhortaban a pedir un deseo antes de soplar las velas de su torta. Tras apagarlas, le instaron a revelar su petición; sin dudar, respondió Marty: “¡Ir a la Jungla!”. Alarmados, sus amigos reputaron aquel deseo como símbolo de mala suerte. Acto seguido, intentaron acobardar a la Cebra, pintándole los infinitos peligros de la selva. “¿Crees que encontrarás esto en la Jungla?”, inquirió a voz en grito Alex el León, mientras le mostraba a su mejor amigo un grueso filete de carne. A lo que contestó Marty: “Alex, ¿nunca has pensado que la vida puede ser algo más que un filete?”.

Entonces –qué triste- reparé yo mismo en mi magro filete: mi cargo y sueldo en aquella decadente institución para la cual laboraba.

Resumo el resto de las peripecias vividas por los amigos: al igual que en la Commedia de Dante, en algún momento escaparon del Zoológico (infierno), vivieron estrafalarias aventuras y, de uno u otro modo, se las arreglaron para llegar a la selva. Al principio, esta jungla (con minúscula) no era el Cielo ensoñado por Marty: equivalía más bien al limbo; apocados por su largo confinamiento, los personajes aún desconocían sus verdaderas aptitudes, sus vastos tesoros internos; de hecho, todo el tiempo anhelaban la llegada de “las personas”, a fin de que solventasen sus problemas y necesidades.

Escena de la Divina Commedia de Dante Alighieri por Gustavo Dore

Muchos actuamos de idéntico modo: nos habituamos a ceder nuestro “poder personal” a terceros (parejas, amigos, parientes, jefes, prelados, gurúes, políticos) porque aún no descubrimos nuestra propia Naturaleza, porque aún no trabajamos esos dones internos que, una vez desarrollados, nos llevan a conocer nuestra verdadera faz –idéntica a la del Padre.

Está escrito: “los milagros son naturales, pero antes se requiere una purificación”. En tal sentido, la selva sirvió de purgatorio para que los amigos se depuraran de los miedos adquiridos en cautiverio. Al librarse de tales lastres, despertaron a su verdadera naturaleza: el león en su ferocidad; la cebra en su rapidez y astucia; la hipopótamo en su fuerza y gracia; la jirafa en su salud. La jungla se tornó Jungla –ameno Cielo- cuando se conocieron a sí mismos.

Amorosamente conducido por mi hijo, había ido a ver un film infantil –una típica salida de sábado por la tarde; no obstante, aquella película había incidido en mí de una manera imprevista… ¡como un potente catalizador espiritual!

En el instante presente (el único momento adecuado que existe), Juan Rodrigo había llevado a su papá al sitio ideal para despertarlo de su miedo a correr riesgos y a vivir con coraje.

Relato los efectos posteriores de esta experiencia: el lunes llegué con mi carta de renuncia; tras culminar un mes de pre-aviso laboral, tomé buena parte de mis ahorros y me encerré durante quince días en un exclusivo “spa” de la Colonia Tovar, bella y montañosa ciudad del Centro de Venezuela (fundada en el siglo XIX por afanosos inmigrantes alemanes). Allí me consentí con toda suerte de tratamientos naturales y sabrosos platos vegetarianos preparados al estilo guyanés.

Colonia Tovar, Venezuela

Regresé al hogar a mitad de octubre, con poco dinero en el banco, una familia que mantener y ninguna expectativa laboral en mente.

Y sin embargo, rebosaba de confianza, optimismo… ¡la alegría de alguien que –por fin- ha salido de su vetusto Zoológico!

De cómo mi hijo me condujo a la Jungla de Marty

A principios de noviembre sucedió un milagro: me pagaron todos los dineros que me tocaban por Ley, incluyendo vacaciones atrasadas, fondo de ahorro, fideicomiso y bonificación de fin de año. Digo milagro, porque en tal institución era práctica habitual pagarle su dinero a renunciantes y cesanteados un año después (o más) del fin de la relación laboral. ¡Lo mío había tardado apenas treinta días!

Podía darme el lujo de vagabundear un par de meses y hacer con tranquilidad mis compras navideñas. Mentalmente, postergué la búsqueda de empleo para enero de 2006; así las cosas, no me preocupé por concertar entrevistas laborales, llamar a amigos influyentes que supieran de vacantes o introducir currículos en empresas.

Aproveché al máximo mi inusual tiempo libre y salí mucho con mi hijo Juan Rodrigo aquellos días finales de 2005. Asimilé su espontaneidad, su sentido del humor, su sempiterna alegría y su incontaminada capacidad para recibir las cosas buenas de la vida con los abrazos abiertos…

Cuando andamos con niños y despertamos a su imagen y semejanza, nuestros acartonados planes de adultos suelen cambiar de manera súbita; cuando asimilamos su percepción inocente –libre de culpas y miedos- cuando no tratamos de imponerles a sangre y fuego nuestras neuróticas creencias sobre el funcionamiento del mundo, los milagros comienzan a llegar…

De tal manera que lo que sucedió el martes 9 de diciembre de 2005 fue de lo más natural.

Ese día, debía buscar un teléfono celular que había mandado a reparar en una tienda electrónica ubicada en el Centro Plaza de la Urbanización La Floresta. Tomé el Metro y me bajé con mi hijo en la estación Altamira… sólo que en vez de emerger por la salida que da al Centro Plaza, lo hice por aquella que da a la acera de enfrente.

Sí, lo sé: soy un poco despistado y para mí es cotidiano confundir “izquierdas” con “derechas”. Pero en tal ocasión –y gracias a que escuché a mi hijo- aquel despiste me valió un Cielo.

“¡Papá, papá! ¡Vamos a los jardines!”. Mi primer impulso habría sido cruzar la calle y caminar hacia el Centro Plaza, pero –gracias a Dios- me detuve. “¡Anda, papá, vamos a los jardines!”, insistió Juan Rodrigo, halándome de la mano. En lugar de resistirme y cambiar de dirección, me dejé conducir –una vez más- por mi pequeño maestro, por mi sabio lazarillo.

Jesús Cristo: Debéis ser como niños para entrar al Reino de los Cielos

Entramos a los vastos jardines de la Hacienda La Floresta, cuya casona del siglo XVII fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1990. En sus instalaciones, funcionaba una de las principales instituciones culturales de la Gran Caracas. Mi esposa solía llevar allí a nuestro hijo los fines de semana para que disfrutara de conciertos de música venezolana y obras de teatro infantil… ¡mientras yo consumía muchos sábados y domingos en mi depauperada oficina de Plaza Caracas!

Desandamos las antiguas caminerías de piedra: sus viejas lajas atesoraban siglos de historia; flanqueados por calas blancas y rojas, cayenas, platanillos, aves del paraíso y begonias nos internamos en aquellos paradisíacos espacios. Bajo la sombra de centenarios samanes y mijaos, algunas personas leían sobre la hierba; el gorjeo de canarios y azulejos matizaba el plácido silencio matinal.

En cámara lenta, de la mano de Juan Rodrigo… ¡disfrutaba de aquella ensoñación celestial! Me parecía tener una visión similar a la de Marty, la cebra de “Madagascar”. En el pasado, había visitado un par de veces aquellos jardines… ¡pero nunca me había dado cuenta de lo hermosos que eran!

Mentalmente, contrasté aquel oasis urbano con las caóticas inmediaciones de la Plaza Caracas, donde había trabajado los últimos años de mi vida… en verdad, colocados uno al lado del otro, eran Cielo e Infierno…

Entonces, una idea descabellada cruzó mi mente: ¿sería posible que necesitaran un periodista para trabajar en aquel deleitable lugar?

Pensé: “Oh no, es demasiado bueno para que sea verdad. O, después de todo… ¿podría ser?”.

En realidad, nada perdía con preguntar.

Me dirigí a la Dirección de Relaciones Públicas. Muy amablemente, me atendió la Coordinadora de Prensa. Pregunté si había alguna vacante para periodista. “Oh, sí”, dijo ella, “justo en este momento estamos buscando a alguien”. “¿Podría entregar mi síntesis curricular esta tarde?”, inquirí esperanzado. “¡Por supuesto! Trabajamos hasta la cinco”, me respondió mi futura jefa.

En la tarde de aquel martes, entregué el currículo con sus soportes.

Dos días después, me llamaron para una entrevista.

El viernes ya estaba trabajando en uno de los lugares más hermosos y prestigiados de la Gran Caracas.

El sábado me tocó hacer mi primera cobertura periodística de un concierto. ¡Un trabajo sumamente agradable!

Tras culminar el evento, mi hijo me preguntó: “Papá, ¿me llevas a comer helado?”.

“¿De qué lo quieres, hijo?”.

“De chocolate, Papá”.

Lo miré embelesado, con infinito cariño.

Dicen que cuando el alumno está preparado, es inevitable que aparezca el maestro; yo tenía al mío justo frente a mí… ¡y medía casi un metro de altura!

Como un chiquillo, me fui a comer un cono de chocolate con Juan Rodrigo.

Porque, tal como dice Jesús de Nazareth, “debéis ser como niños para entrar al Reino de los Cielos”.

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SI TUVIERIAIS FE COMO UNA SEMILLA DE MOSTAZA (LUCAS 17:6 y MATEO 17:20)

Si tuvieráis fe como una semilla de mostaza...

Jesús de Nazareth

LUCAS 17:6

Los apóstoles le pidieron a Jesús:

-Auméntanos la fe.

Jesús contestó:

-Si tuvierais fe como una semilla de mostaza, diríais a este sicómoro: “Desarráigate y plántate en el mar.” Y os obedecería.


MATEO 17:20-21

17:20 Jesús les dijo: “porque de cierto os digo, que si tuvierais fe como una semilla de mostaza, diríais a esta montaña: Pásate de aquí para allá, y se pasaría; y nada os sería imposible.

17:21 Pero esto sólo es posible con oración y ayuno.

PARÁBOLA DE LA SEMILLA DE MOSTAZA (MATEO 13:31-33)

El Reino de los Cielos es semejante a una semilla de mostaza (Jesús de Nazareth)

Jesús de Nazareth

31Otra parábola les refirió, diciendo: “El Reino de los Cielos es semejante a una semilla de mostaza que un hombre tomó y sembró en su campo; 32 la cual en verdad es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas”. 33Otra parábola les dijo: “El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, la cual escondió en tres medidas de harina hasta que todo fue leudado”.

EL MUNDO ES UNA SEMILLA DE MOSTAZA

Su fe era grande como una semilla de mostaza...

Carmelo Urso

https://carmelourso.wordpress.com/

entiempopresente4@gmail.com

Su fe era grande como una semilla de mostaza.

Los demás se rieron de su mínimo tesoro.

Pero con su pequeña fe, él sanó enfermos, exorcisó demonios, revivió difuntos.

Le crucificaron…

resucitó pocos días después….

Ahora, su fe es del tamaño del mundo.

El mundo es su amada semilla de mostaza.

MI REINO NO ES DE ESTE MUNDO (el fin de la percepción)

Mi Reino no es de este mundo, enseñó sin cesar
Mi Reino no es de este mundo, enseñó sin cesar

Dedicado a mi amigo mexicano Oscar Adip

Carmelo Urso

https://carmelourso.wordpress.com/

entiempopresente4@gmail.com

Durante tres años –antes de ser crucificado- enseñó sin cesar: “Mi Reino no es de este mundo”.

Reiteró su prédica en los mundos de los Maestros Ascendidos y los Arcángeles.

No cambió de opinión al contemplar el mismísimo rostro del Padre.

Persistió…

…hasta que dejó de percibir rostros, Reinos, mundos…

CREER COMO JESÚS: LA ESPIRITUALIDAD DEL REINO (Elementos fundantes de nuestra Espiritualidad Latinoamericana)

Jesús no fundó iglesias ni religiones: tan sólo predicó el Reino...
Jesús no fundó inglesias ni religiones: tan sólo predicó el Reino...

José María Vigil

En los últimos tiempos los cristianos del subcontinente hemos vivido
una peculiar experiencia espiritual, que ha marcado fuertemente
nuestra vivencia histórica y nos ha otorgado una espiritualidad propia
que se convirtió en nuestra divisa identificadora ante el mundo entero.
Y es que todo gran movimiento histórico, toda gran síntesis de
pensamiento, de valores, de sentido, proviene en última instancia de
una experiencia espiritual fundante que lo habita en lo profundo, como
el propio pozo en el que uno sacia su sed.

En AL hay muchas espiritualidades: desde las preconciliares o
incluso tridentinas, hasta la New Age, pasando por la de los kikos, la
del Opus Dei, la carismática… y por todo tipo de fundamentalismos.
Pero todas ellas, aunque hayan crecido aquí, han nacido fuera, y allí,
fuera de América Latina, hay de ellas mucho y mejor que lo que de ellas hay aquí.
Pero también hay una espiritualidad genuinamente latinoamericana,
incluso latinoamericana por antonomasia, nacida crecida entre
nosotros, abonada en nuestra tierra fértil con sangre mártir, y ofrecida
al mundo como nuestro carisma, nuestra gracia, nuestro don peculiar,
que el Espíritu nos ha dado «para común utilidad» (1 Cor 12,7). A ella
nos referimos.

La Espiritualidad Latinoamericana [EL] se ha caracterizado
precisamente por haber puesto en primer plano al Jesús histórico, al
Jesús de Nazaret real, y por haber confesado en él -no en una
abstracción- al Cristo Mesías, al Hijo de Dios vivo, a la Palabra hecha
carne y sangre. Pocas espiritualidades han puesto en el centro, como
la nuestra, el seguimiento de Jesús, el proseguimiento de su Causa, la
prosecución de su caminar por la Historia.

«Creer hoy, nosotros, en nuestro mundo actual, como Jesús creyó
en medio de aquel mundo de la imperial pax romana»: eso es ser
cristiano, ser seguidor de Jesús. Y, por eso, porque se trata de creer
como él, ha de hacerse con su mismo Espíritu, con aquella su
«espiritualidad del Reino». Eso es lo que ha querido ser siempre
nuestra EL.

Hemos escogido este título porque expresa muy bien lo central, lo
fundante, que sistemáticamente puede ser desglosado en diferentes
elementos teológicos, pero que en la fe de Jesús y en su pasión por el
Reino encuentran sin duda el símbolo más emblemático y englobante.

En estas pocas páginas, valiéndonos concretamente de categorías
teológicas, queremos preguntarnos y responder por los elementos
fundantes de nuestra EL, esos elementos esenciales que la hacen ser
lo que es, y sin los cuales ya no sería ella misma. En tiempos -como los
que corren- de revisión, de inseguridad y hasta de arrepentimientos
superficiales, bueno será hacer un esfuerzo por encontrar lo esencial
fundante, aquello que sostiene el edificio, sin lo cual no se sustenta
una espiritualidad genuinamente «latinoamericana», en el sentido
expresado.

En esta perspectiva, pues, nos preguntamos: ¿cuáles serían los
elementos fundantes de nuestra espiritualidad que traducen hoy la
forma de creer de Jesús?

1. Una estructura histórico-escatológica de lo religioso

Nos referimos a la estructura misma de lo religioso, que, como es
sabido, puede adoptar formas concretas muy diferentes. En muchas
religiones la vivencia fundamental se vive como una moral, como un
cumplimiento de una voluntad divina exterior en cuyo acatamiento
radica la salvación. Otras veces la religión es fundamentalmente la
aceptación (intelectual y/o vital) de una verdad revelada. Otras veces
el intercambio en la relación Dios/creatura es el culto y la recepción de
favores salvíficos, en un tipo de religión ontológico-cultualista. Ninguna
de estas formas genéricas -comunes, por lo demás en el universo de
las religiones- corresponde a la forma de creer de Jesús, aunque sí se
dan en muchos de los que se dicen cristianos.

Creer como Jesús, implica tener una visión histórica de la realidad.
Jesús tenía una concepción dinámica del tiempo, histórica, lineal, no
cíclica ni encadenada a sí misma, sino abierta, lineal, con un alfa y una
omega, con una percepción de Dios como el que camina delante de
nosotros abriéndonos el futuro y encomendándonos construir la
historia.

Hoy está claro -científicamente hablando y con los textos bíblicos en
la mano- el carácter histórico-escatológico del mensaje de Jesús
(frente a otras interpretaciones clásicas), carácter que hace que no
pueda confundirse su seguimiento -el cristianismo- con una moral, ni
con un sistema de culto, una doctrina, o la simple pertenencia jurídica a
una institución religiosa determinada. La «religión» de Jesús es una
religión de carácter ético-profético sobre una estructura
histórico-escatológica, no de una religiosidad ontológico-cultualista
sobre el modelo clásico de las religiones (Dios arriba, los seres
humanos abajo).

Lo escatológico aquí alude a las relaciones entre escatología e
historia: no relaciones de yuxtaposición ni de discontinuidad, sino de
interpenetración y continuidad; lo escatológico embebe la historia
haciéndola transcenderse a sí misma, y la historia es la única forma a
nuestro alcance para ser y hacer escatología.

«Creer como Jesús» implica concebir la realidad como historia, como
quehacer libre del ser humano, alentado por alguna utopía generadora
de sentido. Desde cualquier otro esquema, desde cualquier otra
lectura de la realidad se puede ser religioso, pero no se podrá «creer
como Jesús». Y sin ello, tampoco se podrá vivir la EL.

2. Dios como Dios del Reino

Muchos creen en Dios, pero son ya menos los que creen en el Dios
de Jesús, o lo que es lo mismo, son menos los que creen en Dios
«como creyó Jesús». El no creyó en un Dios ajeno a la historia, ni
creyó en él como algo en sí mismo, de lo que se pudiera hablar como
separado de nosotros. El Dios de Jesús es un Dios del que hay que
hablar siempre como de una realidad dual: Dios y el Reino. Dios del
Reino, y Reino de Dios. Un Dios sin Reino (lamentablemente tan común
entre cristianos) nada tiene que ver con la fe de Jesús (ni con la EL).

Si una vivencia religiosa o un texto (aunque sea un documento
eclesiástico) hablan de Dios sin hablar del Reino, no reflejan la
espiritualidad de Jesús (ni la EL).

El Dios de Jesús es siempre un Dios con una voluntad, con un
proyecto, con una utopía: Dios «sueña» un mundo distinto, nuevo,
renovado, digno del ser humano y digno de Dios. Y ese proyecto, esa
utopía se llama -en las mismísimas palabras de la boca aramea de
Jesús- malkuta Yahvé, Reinado de Dios.

Ese Reinado fue también el proyecto, el sueño, la utopía de Jesús: la
Causa por la que él vivió, de la que él habló, con la que él soñó, por la
que se arriesgó, por la que fue perseguido, capturado, torturado y
ejecutado. Jesús fue, en efecto, un luchador, un «militante», una
persona con Causa, de una pieza. Así creyó él. Un cristianismo sin el
Reino como utopía, como Causa por la que vivir y por la que morir, un
cristianismo que crea que las utopías -o la historia- ya llegaron a su
final… poco o nada tiene que ver con Jesús. El creyó muy de otra
manera.

Ese Reinado de Dios fue el centro de la vida y de la predicación de
Jesús. Fue su «opción fundamental», en palabras de antropología
moderna; su «absoluto», en palabras más sistemáticas. El ya sabía
que «sólo el Reino es absoluto, [y que] todo lo demás es relativo»
(EN8). El Reinado de Dios (del Dios del Reino) es para Jesús el centro
unificador de su experiencia religiosa, de sus sueños, de su mensaje y
predicación; éste es uno de los rasgos más fundamentales de la fe de
Jesús; por ello espanta pensar qué tendrá de cristiano (y de
espiritualidad latinoamericana) todo aquello que consciente o
inconscientemente pone a otras cosas y no al Reino en el centro del
cristianismo.

3. Mutua implicación entre transcendencia e inmanencia

Un tipo determinado de relaciones entre escatología e historia
implica también una relación peculiar entre transcendencia e
inmanencia. Para Jesús no hay dos historias, dos realidades, sino una
sola. Transcendencia e inmanencia son dimensiones de una realidad
global única. La Salvación está ya en la Historia y en su proceso de
Liberación hacia la plenitud escatológica.

Si bien el Reino no es de este mundo por su origen (tiene su origen
en Dios: «Mi reino no es de este mundo», Jn 19, 36), está ya en medio
de nosotros manifestándose en procesos de liberación («Si expulso los
demonios es que el Reino de Dios ha llegado y está en medio de
ustedes, Mt 12,28; Lc 7. 18-23) a distintos niveles y en todos los
campos. Toda liberación que aquí vivimos muestra la acción de la
salvación escatológica anticipándose, fermentando ya desde ahora la
realidad que quedará plenamente transfigurada en la escatología. Y
eso es lo que nos permite, como a Jesús, ser contemplativos en la
Historia, en sus procesos, en sus avatares.

Todo dualismo entre transcendencia e inmanencia, entre las cosas
de arriba y las de abajo, entre este mundo y el otro, las cosas divinas y
las cosas del mundo, no procede de la fe de Jesús, ni identifican a la
EL.

4. Realismo práctico

La pasión por la realidad, por partir siempre de la realidad, por
estudiarla y captarla adecuadamente, y por volver a ella después del
momento reflexivo con el propósito de transformarla y acercarla a las
exigencias de la utopía del Reino, no es sólo una característica
metodológico-pedagógica o hasta un talante psicológico peculiarmente
latinoamericano, sino que es también un espíritu, una experiencia
espiritual genuinamente latinoamericana.

Este realismo incluye la voluntad de conocer más y mejor la realidad,
de analizarla, de descubrir las causas históricas y estructurales, de
discernir los mecanismos y las estrategias para ser más eficaces en
nuestro amor, porque nuestro amor quiere ser inteligente y eficaz.
Jesús, que no tenía los instrumentos analíticos de los que disponemos
veinte siglos después, sí que dejó ver la misma preocupación por
denunciar los mecanismos tantas veces ocultos en la realidad, y por
medir nuestro corazón con la práctica del amor (Mt 25). Jesús fue
profundamente realista: no se dejó engañar por las palabras no
acompañadas de los hechos, ni siquiera cuando son palabras de
oración (Mt 7,21). A la EL le pasa lo mismo.

5. La misericordia

Jesús fue llevado por una pasión, por una
misericordia fundamental que le ardía en el corazón. Su punto de
apoyo no era una doctrina teórica o un análisis sociológico, sino el
conmoverse de sus entrañas ante todo dolor y sufrimiento, signo de la
ausencia de Dios.

La EL hizo de la «indignación ética» (o de la pasión por la dignidad,
para decir lo mismo en positivo) una experiencia fontal de misericordia
vital, una «opción fundamental». En el fondo de toda vida humana
vivida con profundidad hay una pasión por la dignidad y los valores y
una reacción ética ante la realidad que los contradice. En el sufrimiento
del mundo hay dimensiones que comprometen los valores absolutos
cuya integración es necesaria para que podamos sentirnos personas
humanas. En esa experiencia nos parece tocar lo más sensible de la
existencia, algo que nos concierne inapelablemente y que provoca en
nosotros una reacción incontenible.

Los evangelios nos testifican abundantemente la misericordia de
Jesús, su com-pasión, brotada de sus entrañas conmovidas al
contemplar la realidad, que lo hace vibrar de indignación ética ante la
injusticia, y de exultación jubilosa al ser testigo de la liberación de los
oprimidos. Esta capacidad de vibración, esas «entrañas de
misericordia» que le dan una fuerza incontenible, forman parte de la
forma de creer de Jesús. Y también de la EL.

6. Opción por los pobres

Jesús percibe la existencia de intereses contrapuestos por parte de
grupos diversos de la sociedad que son actores más allá de sus meras
individualidades. Jesús se refiere a diversos «plurales»: los pobres, los
ricos, los maestros de la ley, los fariseos… Y Jesús toma una postura
en ese entramado conflictivo de intereses. Trata de leerlos desde la
«justicia del Reino» y se ubica en solidaridad total con los pobres -de
toda clase: el pobre económico, la mujer, el niño, el marginado, el
leproso, el pecador-. Éstos lo sienten suyo, y a su favor, y los
enemigos de los pobres sienten que no está de su propio lado.

Jesús, a pesar de ser la presencia entre nosotros del Amor mismo,
no permaneció neutral. El estuvo siempre inequívocamente alineado
con los pobres, con las víctimas de la injusticia. Y llamó a todos
-incluidos los poderosos y los que se pretenden neutrales por motivos
religiosos- a convertirse y volverse a la solidaridad efectiva con los
pobres.

Dios quiere que se realice su proyecto, el Reino; quiere introducir
todo en el orden de la voluntad de Dios. Y eso es una Buena Noticia
para los pobres de toda clase: Jesús se dedicó entusiasmado a
propagarla: «!Dichosos los pobres y los pobres de espíritu, porque de
ellos es el reino que viene!».

Creer como Jesús implica hacer también nosotros esta misma toma
de postura y entregar la vida a proclamar y a realizar con los hechos
esta Buena Noticia.

7. Nueva eclesialidad

La vuelta a Jesús, su redescubrimiento, nos ha hecho redescubrir
también la eclesialidad. El Vaticano II marcó el giro eclesiológico
fundamental. Si Jesús tuvo su absoluto en el Reino de Dios y esa fue la
Causa por la que dio su vida, la Iglesia tiene que seguirle, tiene que
creer como él. No hay lugar para nada que signifique una
autoentronización de la Iglesia; nada de eclesiocentrismo.

Es la Iglesia como conjunto la que ha superado -en teoría al menos-
el eclesiocentrismo: el centro no es la Iglesia, sino el Reino. Y aun
antes: la Iglesia no es el Reino. La Iglesia es simplemente «germen y
principio del Reino», y no el único, aunque uno muy significativo. Es
una «mediación del Reino». Está al servicio del Reino. Su único sentido
es servirlo, acogerlo, acercarlo, mediarlo, propiciarlo. A él se debe
enteramente. Gastarse y desgastarse por el Reino, aunque en ello le
vaya la vida: ése es el objetivo y el sentido más profundo de la Iglesia.

Así, la Iglesia no es un mundo aparte, un gueto centrado en sí mismo
y con códigos propios. Ser Iglesia es «vivir y luchar por la Causa de
Jesús, el Reino», o sea, «creer como él». Esa es la misión de la Iglesia
y la misión de los cristianos. Y como el Reino es vida, verdad, justicia,
paz, fraternidad, amor… esa misión del cristiano coincide
sustancialmente con la misión misma del ser humano. Es «la gran
misión» del ser humano en esta tierra. Jesús no ha querido
sustraernos de nuestro cometido humano, sino más bien
concentrarnos en él con una nueva luz, con su propio Espíritu. Y eso
es lo que hizo él. Y hacer otro tanto («creer como él») es lo que debe
hacer la Iglesia (y la EL).

8. Santidad política

La experiencia de Dios que tenía Jesús, el Espíritu, el fuego que
llevaba dentro, le llevó a no reducirse a su vida privada, sino a afrontar
«el pecado del mundo», del «mundo» que Dios tanto amó (Jn 3, 16) y
al que Dios envió a su propio Hijo (Jn 3, 17), ese mundo al que Jesús
mismo terminó enviando a sus discípulos. Jesús llevó verdaderamente
una «vida pública», no sólo en cuanto contrapuesta a su «vida oculta»
en Nazaret, desconocida para nosotros, sino en cuanto sobrepuesta a
su vida «familiar» o «privada» . El mensaje del Reino que Jesús
predicó tenía mucho que ver con las estructuras sociales y políticas de
su tiempo, que se sintieron conmovidas por su predicación y por su
práctica. Finalmente, su muerte fue consecuencia de este desafío
público que aquella proclamación de la voluntad de Dios suponía en un
mundo estructurado sobre el pecado.

Creer como Jesús hoy implica hacer lo mismo en un mundo que se
ha complejificado mucho desde entonces, pero que tiene
fundamentalmente los mismos problemas éticos y la misma necesidad
de la Buena Noticia. Dios no quiere que nos «salvemos del mundo», ni
siquiera que «nos salvemos en el mundo», sino que «salvemos el
mundo». Que «estemos en el mundo sin ser del mundo», dijo él
exactamente. Y hoy, ya desde hace varios siglos, el mundo se ha
hecho consciente de la inevitable dimensión política, que forma parte
ineludible de la realidad, y cuya ignorancia no redunda sino en dimisión
de nuestras responsabilidades.

Tratando de «creer como Jesús» creería hoy, la EL hace de la
veracidad, de la lucha por la justicia y por la paz, por los derechos
humanos, por el derecho internacional, por la creación de estructuras
nuevas de fraternidad… virtudes mayores, que corrijan y
complementen aquellas virtudes clásicas más domésticas ,
individualistas, conventuales, espiritualistas…

9. Macroecumenismo y diálogo religioso

Jesús no fue un «profesional eclesiástico». El centro de su fe no fue
la Iglesia, sino el Reino, y proclamó la práctica de la construcción de
ese Reino como el criterio escatológico de salvación que nos juzgará a
todos los humanos (Mt 25, 31ss): un criterio totalmente ecuménico, no
eclesiástico, no confesional, ni siquiera religioso, por encima de toda
raza, cultura o credo.

Creer hoy como Jesús implica medirlo todo con la medida del Reino.
Por eso, sentimos más cercanía con el que lucha por la Causa de
Jesús -aun sin conocerla quizá- que a aquellos que, tal vez incluso en
Su nombre- se oponen a ella.

Esto es tremendo, pero es real, y es evangélico. Jesús mismo sentía
esa misma mayor cercanía. El se identificó más con el samaritano que
con el sacerdote y el levita, más con la liberación de los pobres que
con el culto del templo (Lc 10, 25ss); más con los pecadores humildes
que con los fariseos satisfechos de sí (Lc 15, 11-32); más con el que
hace la voluntad de Dios que con el que dice «Señor, Señor» (Mt 7,
21); más con los que dan de comer al hambriento aun sin conocer a
Jesús (Mt 25, 31ss) que con los que hicieron milagros en su nombre
(Mt 7, 22); más con el que decía que «no» pero hacía la voluntad del
padre que con el que decía que «sí», pero no la hacía (Mt 21,
28-32)…

Jesús no tiene miras estrechas centradas en la pequeñez de la
Iglesia. Optimista desde su visión de fe, Jesús mira más allá, y ve la
inmensa mies granada, que Dios mismo sembró -sin su Iglesia- y que
ahora precisa de muchos operarios para ser recogida (Mt 9,38). Jesús
no envía a sembrar, sino a recoger esa mies inabarcable que está ahí
antes incluso de llegar él. Optimismo respecto a la salvación del
mundo, visión contemplativa de la realidad, actitud positiva de diálogo y
de salida al encuentro de los otros, desinterés institucional propio…
son actitudes macroecuménicas de Jesús que la EL quiere hacer
suyas.

* * *

En resumen, pues, lo dicho: no se trata tanto de creer «en Jesús»,
cuanto de creer «como Jesús», con su misma «espiritualidad del
Reino». Porque hay muchos que creen «en El», pero no creen «como
él». Y ya sabemos: también los demonios creen «en El», pero de nada
les sirve (Sant 2, 19)

«Seguir a Jesús» -una metáfora a veces desgastada- no consiste en
ir por caminos ex-óticos por los que El no fue; consiste más bien en
continuar nuestro camino «de la misma forma como él» recorrió el
suyo: habérselas frente al mundo y frente a la Historia como Jesús se
las hubo, tener frente a la realidad rebeldía y esperanza, utopía y
realismo, indignación y ternura, lucha y contemplación, y todo ello
desde la perspectiva del Reino como centro de todo.

El ya hizo su camino en su momento, hace casi 2000 años, y
nosotros no lo vamos a repetir, porque aquel mundo ya no existe. La
imitación y las recetas repetitivas no sirven, porque estamos en otra
parte del camino, en este otro tramo, neoliberal ahora, y queremos ser
fieles creativamente, tratando de hacer no lo que él hizo, sino lo que él
haría hoy aquí, o sea, creer hoy y aquí como creería él, con su misma
«espiritualidad del Reino».

Eso es, ni más ni menos, lo fundante de la Espiritualidad Latinoamerocana

EL AMOR: LA ETERNA LEY CÓSMICA ES IMPERSONAL

Lo impersonal, el amor a Dios y al prójimo no juzga, no condena ni castiga.
Lo impersonal, el amor a Dios y al prójimo no juzga, no condena ni castiga.

Gabriele Wittek

El amor a Dios y al prójimo, la ley cósmica eterna, es impersonal; habla en general. Dios no habla personalmente, Él no se dirige directamente a ninguna persona, calificándola por ejemplo de que carece de amor, pues ningún hombre existe sin el amor de Dios. El amor vive en cada alma y no puede ser expulsado. Nosotros podemos negarlo, pero nunca nos libraremos de él, porque el amor de Dios es la ley de la vida. Dios instruye en general sobre el amor egoísta, sobre la ley causal, cómo surgió, cómo se sigue desarrollando y ampliando, pero no se la atribuye a ningún hombre personalmente.

La ley de Dios, la ley del amor a Dios y al prójimo, no contiene la ley causal, que también es conocida como “la ley de causa y efecto” o “la ley de siembra y cosecha”. Ésta la crearon los seres humanos con los actos contrarios a la ley eterna, que es Dios. Sin embargo, Dios, la ley eterna, habla dentro de la ley causal para instruir sobre ella, para que aquellos que quieran se reconozcan y se puedan liberar de la ley causal.

La ley causal surgió de la suma de las infracciones personales contra la ley de Dios. Por eso también es denominada la ley de la persona; cada persona participa de ella según sean sus infracciones personales. O sea que tenemos que estar atentos para indagar lo que es amor a Dios y al prójimo y lo que es amor egoísta, que es la ley causal. Las raíces de nuestro comportamiento, los contenidos, es decir aquello que se esconde detrás de nuestro modo de pensar, hablar y actuar, da información sobre nosotros mismos.

La ley eterna del Amor trasciende la ley de causa y efecto del ego
La ley eterna del Amor trasciende la ley de causa y efecto del ego

Si la envoltura de nuestro comportamiento nos muestra en una luz totalmente diferente a su contenido, entonces en el fondo no somos aquel, aquella que aparentamos ser. Estamos en desunión en nosotros, estamos divididos.

Si nuestro pensamiento es uno con nuestros sentimientos, si nuestra palabra corresponde a nuestros pensamientos y sentimientos, si actuamos en armonía con nuestras palabras, que a su vez coinciden en su contenido con nuestros pensamientos y sentimientos, entonces somos una persona veraz y recta que es una consigo misma. El denominado amor causal es, sin embargo, siempre discrepante, o sea ambiguo.

Precisamente en nuestro tiempo se muestran muchos caminos que supuestamente conducen a la “salvación” del alma. Muchas personas están inspiradas en el esoterismo o atiborradas de conocimientos divinos. Sin embargo ninguna de las dos cosas conduce a la vida que es Dios. Únicamente el cumplimiento paulatino de las legitimidades, que se pueden deducir de los Diez Mandamientos de Dios y de las enseñanzas de Jesús, el Cristo, nos convierte en un hombre del Espíritu, un hombre de la libertad, que se afianza en la vida que es Dios, y no se ata ni a libros ni a personas.

Estamos “atiborrados” cuando nuestro consciente, que es nuestra conciencia, ya no puede ni sopesar ni medir, es decir, analizar si aquello que mostramos de nosotros, si lo que acabamos de ver o escuchar corresponde a los Mandamientos de Dios y a las enseñanzas de Jesús, el Cristo, es decir, a la ley cósmica del amor a Dios y al prójimo.

Básicamente es así: el consciente del hombre es su consciencia despierta. Lo que registra el consciente le es consciente al hombre y más tarde se puede acordar de ello. Lo que está grabado en el subconsciente por lo común no le es consciente al hombre; transcurre de forma inconsciente. El subconsciente contiene cosas dejadas a un lado, olvidadas, reprimidas y oprimidas por la persona, sus deseos y añoranzas secretas así como los miedos no admitidos, sus ambiciones, sus estímulos y otras cosas más.

El que aspira a una vida consciente, quien quiere liberarse desde el interior, clara y honestamente, para salir del círculo del yo, del estar atrapado en el egoísmo, se esforzará en captar sus subcomunicaciones, aquello que transcurre por debajo de lo que piensa, habla o hace “conscientemente”. Esta persona aprende a conocerse más profundamente que el hombre superficial; se libera paulatinamente de la atadura a la propia persona, de su “parte personal”, de su “parte humana” y de lo bajo; se distancia de sí misma; domina cada vez mejor su vida y puede apoyar a otros sin exigir reconocimientos ni ovaciones de agradecimiento. Cada vez es más impersonal, más independiente, más autónomo y libre desde el interior. El horizonte de su consciencia se amplía; alcanza una mayor visión de su entorno, perspicacia y clarividencia, siendo de esta manera capaz de llevar verdaderamente responsabilidad.

Las personas cuyo consciente y subconsciente están a la vez llenos de conocimientos espirituales reaccionan irreflexivamente. Lo que les mueve fluye incontroladamente de su boca. La instancia de control, el consciente y la conciencia han sido desconectados por el subconsciente que está en acción. Esta discrepancia apenas es reconocida por el afectado. Si la instancia de control, el consciente y la conciencia están intactas, entonces notamos –si es que nos controlamos–, que pensamos de forma diferente a como hablamos y que hablamos de forma diferente a como pensamos. El subconsciente graba únicamente el contenido de nuestros pensamientos y palabras, el consciente el engaño, esto es la envoltura, no la esencia. El que no se controla a sí mismo, cree que él es como piensa y habla.

Como la mayoría de los hombres no cuestionan sus pensamientos, sus conversaciones y sus denominadas buenas obras, les parece que piensan de forma positiva. Creen sus propios pensamientos, que dicen, por ejemplo, cuán amable es el prójimo y qué dispuesto está a ayudar, o qué bien u ordenadamente vestido está, o cómo guarda la compostura y qué educado es y otras cosas más. Estos pensamientos y otros parecidos son positivos –pero sólo cuando los contenidos de los pensamientos concuerdan con ello–. Sólo con una autocrítica y un autoanálisis concienzudos descubrimos lo que verdaderamente se está moviendo en el mundo de nuestros pensamientos y palabras, o sea, lo que grabamos en el subconsciente. Lo que el hombre graba en el subconsciente, el contenido de sus formas de comportamiento, conforma sus verdaderas intenciones, su carácter.

Nuestro carácter con el tiempo diseña nuestro cuerpo: éste es la expresión, impresión o impregnación de nuestro carácter.

Nuestro cuerpo está mostrando constantemente quiénes somos en verdad. Si por ejemplo en una conversación un participante habla en contra de nuestra actuación protagonista o incluso actúa en contra de nosotros, o sea, se comporta de forma que según las circunstancias podría da­ñar nuestro prestigio, ¿cómo reaccionamos? ¿Permanecemos tranquilos y sosegados o reacciona el subconsciente activando primero al sistema nervioso central, al plexo solar, de forma que reaccionamos intranquilos, inquietos y al fin y al cabo excitados? Sin reflexionar, hablamos atropelladamente, mostrando quiénes somos en realidad. Nuestros pensamientos, palabras, gestos, incluso todo nuestro comportamiento muestra el cuerpo, la imagen de nuestro carácter.

En situaciones en las que nos sentimos afectados, en las que nos “salimos de nuestras casillas”, sale lo que está es­con­dido detrás de nuestra fachada positiva. Se manifiesta e incluso estalla.

El consciente, que mantiene la apariencia de lo positivo, ya no se pone en movimiento. Se escapa a nuestro control. La máscara de la apariencia se desmorona; lo innoble, lo feo o malvado que está registrado en el subconsciente sale a la luz. Mostramos –y se muestra en nosotros– quiénes somos en realidad. Los nervios bloquean entonces la can­tinela “positiva“ del consciente. Ese sería el momento en el que el “amoroso“ que se cree anclado en la ley del amor y del amor al prójimo se podría reconocer, pero, ¿lo quiere él? Cuando la primera efervescencia de los sentidos se ha aplacado, cuando los nervios se han tranquilizado un poco, entonces más de alguno piensa: “¿Qué ha ocurrido conmigo? Así no me conozco”.

Sin embargo, el que nunca se haya cuestionado a sí mismo, seguirá aferrándose a la acostumbrada imagen hipócrita que tiene de sí mismo. Pondrá rápidamente la máscara del buen comportamiento sobre el traspié y pensará: “A pesar de todo sé que he pensado y hablado correctamente, o sea, amorosamente”. Es muy posible que nuestras palabras hayan sido cariñosas y amorosas, pero el ánimo efervescente habló en tonos muy diferentes. ¿Qué es lo que hay detrás del arrebato? Lo que hay detrás es exactamente lo que se pone de manifiesto cuando algunas personas nos disgustan o cuando no alcanzamos lo que deseamos, aquello que, según sean las circunstancias, hemos tramado en actitud de “buenos, bondadosos y amables”, o cuando tememos que la declaración de nuestro prójimo nos deje en ridículo, o cosas parecidas.

Los pensamientos y palabras que están grabados en el consciente como cáscaras vacías y que contradicen lo grabado en el subconsciente, no se pueden poner en concordancia con el amor a Dios y al prójimo. Eso no es otra cosa que un amor aparente que hemos superpuesto, es amor propio, amor personal – que también denominamos egoísmo. El egoísmo puede ser adornado y escondido con mucha fruslería y ornamento, con tácticas y subterfugios refinados, hasta que el subconsciente un día está tan lleno que el consciente ya no lo domina, de forma que éste ya no puede ni sopesar ni medir, y el subconsciente alcanza el dominio sobre nuestro cuerpo, sobre nuestro modo de pensar, hablar y actuar.

El núcleo del egoísmo es siempre el amor a sí mismo, es el amor propio que está vinculado y relacionado con la persona.

El concepto “amor” se ha convertido con frecuencia en una palabra vacía. Para la mayoría de las personas, cuando hablan de “amor” se refieren al amor corporal, que es la fuerza motriz de procesos que conducen a ataduras: conduce a la infelicidad, al ansia de poseer, a la exigencia del derecho a poseer y a la explotación, pues éste es el amor que se refiere a personas, que exige lo mejor para sí, lo que significa: todo lo “bueno” para mí. Para mí lo mejor apenas si me basta. Todo para mi bienestar y para mi existencia. A ese denominado “amor“ le da igual cómo les vaya a los demás, sobre todo cuando el que una vez fue alabado por nosotros se comporta de manera diferente a la forma “positiva” que habíamos pensado de él.

El egoísta ve a sus semejantes bajo la luz de apariencia de su lámpara de consciencia personal egoísta, sólo tanto tiempo como éstos, bajo la norma de su consciencia, su apariencia, le sean correspondientemente de provecho y le favorezcan. Cuando hemos aprendido a cuestionar nuestras ideas de lo que significa para nosotros “amor”, comprenderemos poco a poco que el amor a Dios y al prójimo tiene que ser una forma de amor diferente.

Los críticos que creen poder descomponer y desbaratar la palabra de Dios que se da en la actualidad, tropiezan una y otra vez con la palabra “impersonal”. Ellos opinan que “impersonal” significa una despersonalización, la negación de la personalidad. Si estos críticos, que en su mayoría son cristianos de Iglesia, leyeran con más detenimiento su Biblia, podrían comprobar que no se trata de la formación o desarrollo de la personalidad humana cuando Jesús, el Cristo, habla por ejemplo en el sentido de: “Tenéis que ser perfectos como lo es vuestro Padre en el cielo“. No es lo “personal” o lo “humano”, o más bien lo “dema­sia­do hu­mano”, lo que caracteriza a la imagen y semejanza de Dios, a lo que se refirió Moisés, sino que la más elevada imagen ideal es mucho más la persona, precisamente aquella persona que, de acuerdo con su origen y destino divinos, personifica en su vida lo divino, las fuerzas y principios básicos de Dios.

Lo personal, o bien lo humano, está hecho a la medida de la persona, a su modo de pensar, querer y proceder más o menos egoísta. Lo impersonal no despersonaliza al hombre, sino todo lo contrario; es una medida legítima que sopesa y mide según la legitimidad de la justicia, que observa atentamente al ego, a lo personal, que al fin y al cabo es lo humano inferior que está relacionado con la persona. Lo “personal” o bien lo “humano”, todo lo que únicamente se refiere a la persona, es, al fin y al cabo, amor egoísta, que se expresa en lo denominado “demasiado humano”. En lo demasiado humano vuelve a resonar lo “humano”, que tiene tanta importancia en nuestro mundo. Precisamente los atributos de lo “humano personal”, dan a las “personalidades” que se comportan como estrellas o con gran voluntad propia, o bien que se destacan con “gran relieve“ en nuestra sociedad exteriorizada, un atractivo especial. Ni lo demasiado humano, ni tampoco lo humano, tienen que ver con el hombre de la Biblia, del cual se dice que es la imagen y semejanza de Dios.

Dios, que también es el Dios Padre-Madre, ha hecho a los hombres según Su imagen y semejanza. El hombre ha pecado y peca conscientemente contra la imagen, el hombre, y así también contra Dios. A raíz de esto el hombre se ha convertido en su amor egoísta personificado, es decir, personal, “humano”. En la mayoría de los casos una persona se encuentra y concuerda con otra en esa calidad de personalidad provista de características específicas propias y otras peculiaridades, o sea, al nivel “humano”. Se valoran entre sí por sus “características humanas” y compiten en base a ellas, cuando se trata de prestigio, importancia, influencia y poder, así como de otros productos engañosos del egoísmo humano. Éste aspira a sobrepasar el rango de aquel, y el que tiene el ego más fuerte, en actitud triun­fante, se declara entonces vencedor.

Dios, por el contrario, ve lo que El ha creado a su imagen y semejanza, el ser espiritual en el núcleo del ser del alma del hombre. Si la imagen de Dios se pone de manifiesto en el hombre, entonces el ser humano está por el momento en la forma de vida hombre en esta Tierra, pero él no es “humano”, es decir, “personal”.

El Amor -la eternidad cósmica- es impersonal
El Amor -la eternidad cósmica- es impersonal

Lo impersonal, la ley de Dios, el amor a Dios y al prójimo no juzga, no evalúa, no condena ni castiga. Dios ama al ser perfecto en lo más interno del alma de cada hombre. Dios irradia Su amor impersonal a la ley causal sin considerar a la persona para ayudar a aquél que verdaderamente pide ayuda. Así El ayuda al hombre a que se autorreconozca, a que reconozca aquello que no corresponde a lo divino en su “humanidad” causal, en su envoltura del yo, para superarlo con la fuerza del Cristo de Dios.

Dios, sin embargo, no es la ley personal, no es la causalidad con la que se rodea el hombre. Dios tampoco afirma lo “personal” del ser humano, sino que deja en sus manos que se autorreconozca en las “anomalías”, en las particularidades de la naturaleza humana inferior, para que se decida libremente por lo “divino” o lo “humano”.