YING Y YANG: LOS AMOROSOS ROLES DE LA MATERNIDAD Y LA PATERNIDAD

El padre del siglo XXI se libera de antiguas ataduras arquetípicas
El padre del siglo XXI se libera de antiguas ataduras arquetípicas

Este texto obtuvo -en el año 2008- el primer premio del concurso de ensayos “La Paternidad del Siglo XXI”, convocado por el Ministerio del Poder Popular para la Energía y Petróleo de Venezuela.

Carmelo Urso

entiempopresente4@gmail.com

La dualidad ying/yang es quizá el tema de la filosofía china más difundido en el hemisferio occidental. Se originó, según el filósofo Feng Youlan, hace unos tres milenios en el seno de las primitivas artes esotéricas de esa extensa nación asiática.

De acuerdo a esta concepción, el Universo es el producto de la tensión dialéctica de dos principios opuestos que, en realidad, no son más que dos fases complementarias del Uno (o en términos occidentales, de Dios). Reposo y movimiento, contracción y expansión, condensación y dispersión, retroceso y avance, masculino y femenino: desde sus manifestaciones más simples y hasta las más complejas, en todo ser viviente se expresará esta polaridad originaria.

De tal suerte, es común atribuir papeles opuestos a mujeres y hombres: lo femenino sería ying, lo masculino yang; la energía receptiva ying, la expansiva yang; lo débil ying, lo fuerte yang; la luna ying, el sol yang; lo frío ying, lo caliente yang…

El ancestral símbolo del Ying y el Yang
El ancestral símbolo del Ying y el Yang

Pero esa dicotomía no es sólo cosa de asiáticos: en Occidente –y América Latina no escapa a ello- también hemos compartimentado la realidad en esas regiones opuestas. Durante siglos, nuestras sociedades han asignado roles antinómicos a hombres y mujeres. Pero el amanecer del siglo XXI, comienza a traernos nuevas realidades, especialmente en la manera que ejercemos la maternidad y la paternidad.

En el antiguo paradigma, la mujer era administradora doméstica, el hombre proveedor de bienes materiales; la mujer, cercano lazo afectivo; el hombre, reprensor y distante; la una, gestadora de vida; el otro, cazador y guerrero; la primera, subordinada; el segundo, regente.

No por nada, llamamos “matrimonio” (matri es prefijo latino que significa “madre”) a la unión afectiva entre esposo y esposa y “patrimonio” (patri es prefijo latino que significa “padre”) a la suma de bienes materiales que acaudala una familia o persona. Los roles estaban claros: la madre proveía cuidados y afectos; el padre, bienes y cosas.

En la actualidad, tales roles no sólo se han invertido, sino que en muchos casos, se complementan: muchos padres del siglo XXI saben asear cacas, cocer el diario alimento, disfrutar horas de juegos con sus hijos e hijas, dar consuelo oportuno en momentos de tristeza y hasta se “embarazan” cuando acompañan a su pareja en cursos pre-maternales y viven juntos el especial momento del parto.

Por su parte, la madre de hoy se tornado en ágil guerrera del trabajo, en moderna cazadora del sustento; se puso –literalmente- los pantalones del hombre y ejerce funciones que antaño les estaban vedadas; gerencia, administra, pero también lleva a efecto labores donde la fuerza física tiene primacía; preside organismos, empresas, naciones; todo ello sin perder el natural encanto de su belleza y femineidad.

En palabras de los chinos, los padres se han un vuelto un poco más ying y las madres un poco más yang. De pronto, los antiguos opuestos se han dado cuenta de que no lo son tanto… sino que más bien, sus vidas, ocupaciones y afectos son dos fases complementarias del mismo Yo Superior.

La paternidad de hoy se ejerce desde el momento en que el bebé comienza a desarrollarse en el vientre materno. El padre del siglo XXI –inédito proveedor de ternura- le habla y canta a su “barriga”; susurra con cariño el nombre de su hijo cuando éste apenas es un indefenso habitante del estanque uterino; cuando emerge el neonato a la vida, ya conoce las cálidas inflexiones de la voz de su padre.

También funge como administrador doméstico: no es raro verlo haciendo cola en el automercado, adquiriendo los enseres básicos del diario vivir; tampoco es extraño verlo comprando y escogiendo la ropa de sus hijos; y al final del día, sellar el sueño de sus pequeños con un cuento, una oración, un beso…

Este sano intercambio de roles ha hecho que hombres y mujeres, padres y madres, comprendan mucho mejor sus naturalezas, energías y lazos emocionales. Refrenda valores como la tolerancia y el respeto. Crece la familia del siglo XXI con esta esperanza: no más barreras arquetípicas, no más limitantes estereotipos; la paternidad y la maternidad se nutren hoy con la amorosa comprensión de la igualdad.

Anuncios

UNA PLEGARIA PARA EL PADRE DEL SIGLO XXI

Amado Uno, confiérenos sabiduría para criar a nuestros hijos...
Amado Uno, confiérenos sabiduría para criar a nuestros hijos...

Carmelo Urso

entiempopresente4@gmail.com

En días pasados, me encargaron –en la empresa donde laboro- escribir un poema con motivo del Día del Padre. En mi país –Venezuela- la figura paterna suele estar bastante desacreditada (desconozco si acontece lo mismo en las hermanas naciones vecinas); los motivos que explican esa mala reputación exceden los límites del presente escrito, pero, evidentemente, muchos tienen asidero en la realidad.

En el acervo poético latinoamericano es fácil hallar poemas que exornen y enaltezcan la figura de la madre… ¡pero del padre, se ha escrito nada o casi nada! No es difícil explicar las causas de tal omisión: el antiguo paradigma de paternidad, donde el progenitor se mostraba como una figura hostil y distante, no sólo tiene efectos negativos para la vida afectiva y psicológica de los hijos; también repercute de manera devastadora en su vida espiritual.

Herederos de una cultura donde el Uno es llamado “Padre”, muchos hemos tenido que superar gigantescos obstáculos emocionales para reestablecer nuestra comunicación con el Poder Superior, a quien percibíamos como una versión amplificada de nuestro papá terrenal.

En todo caso, aunque sepamos (o creamos saber) que el Todo está más allá de géneros sexuales, fronteras físicas e ingenuas idealizaciones antropomórficas, muchos de nosotros debemos aún comprender, perdonar y trascender el arquetipo del Padre que la educación y la sociedad instalaron en nuestras mentes, a fin de constituirnos en esos guías de vida que realmente se merecen nuestros hijos y ensanchar ese Reino de los Cielos que palpita en el interior de nosotros mismos.

A esos hombres que se han atrevido a ejercer la paternidad –pese a no estar preparados para tan titánica tarea- y a multiplicar el amor sobre la faz de la Tierra, dedico la siguiente plegaria, que espero les conforte y dote de fortaleza:

Amado Padre-Madre del Todo Armonioso
(o como quieras llamarlo):

Bendíceme
Y ensancha cada día el territorio de mis afectos.

Dótame de valor
Y hazme trascender cualquier inútil barrera
Que impida expresar a mis hijos
Mis más íntimos sentimientos…

Capacítame
Para ser abundante proveedor de candor y ternura
Incluso cuando me aneguen el tedio y el hastío,
El desgano o el cansancio.

Que cada pañal que cambie
Me enseñe que la humildad es el sendero que debo transitar
Para modelar la grandeza de mis hijos.

Que cada noche de desvelo
Me despierte de mis sueños egoístas
Y me faculte para ponerme en el lugar del otro, especialmente
Cuando el otro es la forma de vida
Más frágil y sagrada del Universo.

Habilítame
Para entender que cada consejo que brinde
Carece de substancia y Verdad
Si no se nutre de Tu propio Verbo y Deseo.

Hazme entender
Que la mejor forma de aprender algo
Es enseñándoselo a otro.

Hazme elocuente
Para que cada oportuna reprimenda
Sea mi más grande muestra de amor,
Aunque la atavíe con palabras duras y gestos adustos.

En fin,
Dota a mis cuidados, desvelos, consejos y regaños
De Tu perfecta armonía
De Tu atinado y feliz discernimiento
De modo que se constituyan para mis hijos
En preciados tesoros, amorosos legados
Que iluminen los senderos de sus vidas
Incluso, cuando ya yo no esté…

Amén.