LECTURA, MEDITACIÓN, ORACIÓN: MILAGROSAS ELECCIONES QUE ILUMINAN NUESTRA COTIDIANIDAD

Lectura, meditación y oración: tres milagros que iluminan nuestra cotidianidad (collage de Juan Rodrigo Urso y Carmelo Urso)
Lectura, meditación y oración: tres milagros que iluminan nuestra cotidianidad (collage de Juan Rodrigo Urso y Carmelo Urso)
Carmelo Urso
entiempopresente4@gmail.com

Hace poco, publiqué en mi blog https://carmelourso.wordpress.com/ una encuesta intitulada “Cuál es tu hábito espiritual más frecuente”. Escrutados 330 votos, las categorías preferidas del público fueron la lectura, la meditación y la oración. El resultado integral de la encuesta es el siguiente:

Lectura: 72 votos (22%)
Meditación: 62 votos (19%)
Oración: 56 votos (17%)
Conversación espiritual: 45 votos (14%)
Practicar o recibir terapias psico-espirituales: 28 votos (8%)
Canalización (hablar con tus guías internos): 25 votos (8%)
Practicar yoga, tai-chi u otras disciplinas físico-espirituales: 19 votos (6%)
Consulta de oráculos: 16 votos (5%)
Asistir semanalmente al culto de una iglesia: 4 votos (1%)
Ayuno: 3 votos (1%)

Que la lectura encabece el sondeo no sorprende; cada gran tradición espiritual se precia de tener –al menos- un gran libro, cuyo estudio reiterado se considera el más virtuoso de los hábitos.

Desde una perspectiva ortodoxa y excluyente, ciertas corporaciones religiosas han sostenido, a través de los siglos, que su libro de culto es el único que puede ser considerado sagrado entre los millardos que han sido escritos a lo largo de la historia humana; la razón: sólo ese texto habría sido verdaderamente inspirado por la Deidad. El resto de la producción editorial, intelectual y espiritual del planeta carecería, de acuerdo a esta muy peculiar premisa, del supremo hálito de lo Divino.

Que la infinita magnificencia del Uno pueda ser expresada en un exclusivo y solitario volumen me parece un punto de vista empobrecedor, casi delirante; el ingenio humano genera infinidad de libros cada año; ¿pretenderemos reducir toda la sabiduría de Dios –Su omnisciente poder para comunicar y crear- y la de Sus Hijos e Hijas a un único texto, a un tenue y escuálido destello de inspiración?; sería injusto atribuirle al Uno semejante crisis de creatividad, tamaña aridez imaginativa; se dice que Bárbara Cartland, la famosa autora inglesa de novelas románticas, dejó escritos más de 4 mil legajos; en lo personal, a Dios lo creo capaz de hacer más, mucho más…

En este aspecto, el siglo XX fue liberador: a partir de su séptima década, la llamada literatura de autoayuda inundó por igual las vistosas vidrieras de las cadenas libreras, los concurridos quioscos de diarios y revistas, los estantes de las quincallas de esquina y los manteles de buhoneros y vendedores ambulantes.

Hoy día, millones de libros no adscritos a ortodoxias religiosas proclaman a viva voz y sin rubor la condición sagrada de sus contenidos, sin que nadie pueda censurarlos, incinerarlos o alejarlos de las manos de los lectores. En tiempos pasados esto era impensable: la sacralidad de un texto era determinada por rancias cofradías clericales y turbias élites de poder que manejaban a las masas a través de limitantes sistemas de mitos y creencias; se castigaba la libre intuición del buscador de la Verdad con la tortura, la hoguera o la nada amorosa amenaza de un infierno infinito.

Como nunca antes, la búsqueda de Dios –gracias al hábito de la lectura- se ha democratizado a través de la labor de canalizadores, maestros independientes, psicólogos, cabalistas, cultores de las artes arcanas, devotos de la Diosa, expertos en meditación, comunicadores sociales y los más diversos estudiosos del alma humana.
A esto se suma la ingente cantidad de textos que a diario son colgados en la Internet, el más vasto de nuestros libros actuales; pretender, en los tiempos que corren, que la fuente absoluta del conocimiento inspirado se limite a un solo tomo es impensable para las nuevas generaciones, que crecen más y más en consciencia, Amor incondicional al prójimo y tolerancia.

La meditación: ¿una técnica o un estado del Ser?

La meditación no es una práctica adscrita a un exclusivo credo religioso: desde los hinduistas y los budistas hasta los cabalistas hebreos y los monjes trapenses corroboran sus beneficios. La meditación –según la perspectiva con que se le vea- admite múltiples variantes, estilos y definiciones.

Algunos sostienen que su práctica incluye una buena dosis de plasticidad física –a través de disciplinadas posturas- la recitación de mantras y hasta la rigurosa inclusión del hábito del ayuno; a otros, en cambio, les place visualizar, escuchar melodías sedantes, hablar con sus guías internos, o simplemente, respirar en Paz.

El maestro español de yoga y excelente novelista Ramiro Calle la define como “una técnica” pero también “como un pasaporte a la libertad interior, porque limpia y desempaña la consciencia, erradica de ella sus contenidos negativos; se aprende a pensar y a dejar de pensar; se enfrenta uno con sus propios impulsos y autoengaños; se desarrolla un enriquecedor factor de observación menos egocéntrico y, por lo tanto, más independiente”.

Añade Calle: “Meditar es adiestrarse psíquica y mentalmente para hallar un estado superior de la mente, un talante más armónico, una mejor manera de relacionarse con los demás. La meditación es una práctica y una experiencia mediante las cuales se logra un estado más equilibrado y firme de la mente; se desarrolla la ecuanimidad, se estimula la inteligencia primordial y se eliminan los venenos enraizados en la mente”.

Para el maestro hindú Osho “estar en armonía con la existencia es ser feliz, es estar vivo, es –en suma- estar en estado de meditación”. La meditación, de acuerdo a este afamado gurú, nos hace descubrir nuestro maestro interior, el cual simplemente necesita recordarnos nuestra innata y divina sabiduría interior.

Según Osho, ese maestro interior “te ayuda a realizar tu propia experiencia. No te ofrece los Vedas, ni el Corán ni la Biblia. Te enfrenta contigo mismo. Te hace tomar consciencia de tus recursos interiores, de tu propia sustancia, tu propia divinidad. Te libera de las Escrituras, de las interpretaciones ajenas. Te libera de toda creencia, de toda especulación, de toda conjetura. Te libera de la filosofía, de la religión, de la teología. En resumen, te libera del mundo de las palabras, porque la palabra es el problema. Te obsesionas tanto con la palabra “amor” que olvidas que el amor es una experiencia, no una palabra. Te obsesionas tanto con la palabra “Dios” que olvidas que Dios es una experiencia, no una palabra. El maestro (interior) te libera de las palabras. Te conduce a un estado de silencio (…)” que es el núcleo del estado meditativo y al que la filosofía y la religión formal no pueden acceder, ya que “el fracaso de la religión y la filosofía es que pretenden convertirse en sustitutos de la experiencia real”.

La oración: un hábito que facilita la comunicación con la Deidad

En su excelente libro “Oración por la Paz”, el autor norteamericano James Twyman define la oración como un camino espiritual que nos permite “volvernos conscientes de la consciencia de Dios”. La “consciencia de Dios” es sinónimo de “Paz”. Para Twyman, el camino hacia la Paz consta de siete etapas:

1) Siempre estás orando; el pensamiento en sí es oración.
2) Aquello en que concentras la mente, crece.
3) Para cambiar al mundo, cambia lo que piensas sobre el mundo.
4) Si quieres experimentar Paz, conviértete en Paz.
5) La Paz siempre está presente, aunque a veces parezca oculta.
6) El Amor es la única fuerza del universo que nos conduce hacia la Paz
7) El mundo ya ha sanado cuando nos hacemos conscientes de todas estas cosas.

La Paz que es sinónimo del Uno infinito se contrapone a la precaria paz del ego –esa demente parte de nuestro ser que se cree separada de Dios; la paz del ego se limita a la supuesta ausencia de conflictos externos, tensa calma que siempre oculta crecientes contradicciones internas. De acuerdo a “Un Curso de Milagros”, la Paz que es Amor incondicional es un estado de certidumbre en el que se han superado cuatro obstáculos básicos: nuestra compulsión neurótica de atacar al prójimo (psicopatía que genera constantemente culpa); nuestra enfermiza atracción por experimentar dolor; nuestro miedo a la muerte (percepción errónea que cesa cuando regresamos al hogar del Uno); y, por supuesto, el más grande de todos los terrores: nuestro miedo a Dios.

A tal efecto, se disciernen dos estados básicos del Ser: Conocimiento y percepción; el primero pertenece al ámbito de Dios y genera Paz; el segundo es el estado habitual del ego y constituye la experiencia opuesta a la Paz.

El Conocimiento es atemporal, trascendente e inmutable; implica la plena Unidad con el Padre/Madre del Todo; en dicho estado, la oración deja de ser necesaria, pues en él la consciencia de que Somos Paz y Amor ilimitado es absoluta; de tal suerte, nos tornamos incapaces de percibir cualquier signo de escasez o carencia en nuestras vidas; se nos vuelve literalmente imposible padecer estados neuróticos como el miedo, la separación con el resto de los seres, el rencor, la envidia, el odio o la incertidumbre.

En cambio, la percepción, por más espiritualizada que parezca, es siempre temporal, contingente e inestable; en ella, la oración –entendida como vía para retomar nuestra comunicación con la Deidad- es imprescindible para trascender las neurosis que parecen multiplicarse en nuestro ego; digo “parecen” porque tales trastornos no son más que eso: insalubres espejismos que elegimos contemplar a fin de sustituir lo insustituible… ¡el sagrado Conocimiento que es Dios!

Leemos en “Un Curso de Milagros”: “La oración es una forma de pedir algo. Es el vehículo de los milagros (que implican una drástica corrección de nuestras percepciones). Mas la única oración que tiene sentido es la del perdón porque los que han sido perdonados saben que lo tienen todo (el perdón a nosotros mismos, por haber elegido percibir en lugar de conocer). Una vez que se ha aceptado el perdón (una vez que aceptamos perdonamos a nosotros mismos) la oración, en su sentido usual, deja de tener sentido. La oración del perdón no es más que una petición para que puedas reconocer lo que ya posees (la Paz). Cuando elegiste la percepción en vez del Conocimiento, te colocaste en una posición en la que sólo percibiendo milagrosamente podías parecerte a tu Padre. Has perdido el conocimiento de que tú mismo eres un milagro de Dios”.

En tal sentido, las tres opciones mayoritariamente escogidas por ustedes, afables lectores y lectoras, son tres herramientas fundamentales para tornar al Reino de los Cielos –nuestra única y verdadera morada; para recobrar ese sacro Conocimiento que –en Realidad- nunca perdimos y que tan sólo debe ser recordado, recobrado; lectura, meditación y oración constituyen un trío de milagrosas elecciones que pueden iluminar nuestra cotidianidad con la diáfana Luz del Infinito. Espero que –bendecidos por esta radiante certeza- nos reencontremos en cualquier momento, en un nuevo texto, en una emotiva plegaria, en otra interesante encuesta.