LA PODEROSA MÚSICA DEL AGUA

La música del agua es una poderosa corriente espiritual
La música del agua es una poderosa corriente espiritual

Carmelo Urso

entiempopresente4@gmail.com

La música del agua es una poderosa corriente espiritual que ha sido bellamente canalizada por los grandes compositores de todas las épocas, tanto clásicos como populares… y de igual manera, el agua lleva en sí misma una mágica cualidad de producir sonido que, tal como lo han comprobado meditadores antiguos y contemporáneos, posee un efecto sosegador, sanativo, que nos vincula con las dimensiones trascendentes del Ser.

Sí, basta prestar un mínimo de atención para percibir cómo el agua genera, en todas partes, una sonoridad suave y eterna, que trasciende a eras y héroes, a razas y civilizaciones.

A muchas personas les proporciona calma el sonido del mar o les agrada sobremanera el meloso rumor de una cascada… o, simplemente, piensan que no hay mejor canción de cuna que el goteo de la lluvia nocturna precipitándose sobre el sólido techo de la casa.

De igual forma, hoy día es moneda corriente la edición de discos compactos donde se mezclan los diversos sonidos del agua con música académica o “new age”: tales productos son adquiridos por personas estresadas que meditan –en la urbana reclusión de sus casas o apartamentos- recreando en sus mentes ese entorno natural que la dinámica humana se ha empeñado en destruir.

Tal afición por meditar al son del agua parece ratificar la conseja de que el líquido elemento es el más musical de la Naturaleza. Aunque, claro está, la musicalidad del agua no siempre es apacible… ¡y a veces se torna furiosa y frenética, como cuando se trata de vaguadas, tifones o huracanes!

 

Infinita música del Espíritu

Según antiguos místicos chinos, si alguno de ustedes se sentara a la vera del gran río Amarillo en estado de meditación podría escuchar cómo una interminable canción de una sola nota se desprende de ese inmenso cuerpo fluvial. Tal nota equivale al de la escala de Occidente y reporta infinita paz a quien la percibe.

Esta visión contemplativa y espiritual del río la vemos refrendada en la extraordinaria novela “Siddhartha”, en donde el autor suizo Hermann Hesse (Premio Nobel de Literatura en 1946) nos describe cómo el protagonista Siddhartha y su amigo Vasudeva alcanzan la Iluminación –el preclaro estado de budeidad- al oír la Voz plural del río:

“Aunque muchas veces había escuchado esa infinitud de voces del río, esta vez le parecieron nuevas. Pronto no pudo distinguir ya las voces alegres de las llorosas, las infantiles de las varoniles, todas se les confundían y entremezclaban… Y cuando Siddhartha escuchaba atentamente ese río, aquel canto orquestado por miles de voces, entonces, la gran canción de las mil voces se reducía a una palabra, y esa palabra era OM, la Perfección”. En ese mismo sentido, muchos sabios del Oriente han equiparado el Nirvana a la gota (del ego) que se disuelve en el océano (de la Conciencia Absoluta).

En todo caso, el amable lector o lectora no precisa trasladarse a tierras hindúes o chinas para beneficiarse del sedativo efecto que tiene el sonido del agua sobre nuestra psique. Basta allegarse a un balneario, río o lago cercano; distenderse sobre la mullida hierba de una vera o sobre las finas arenas de una playa; cerrar los ojos tal como lo hicieran el sabio Siddhartha y su colega Vasudeva; y, finalmente, comprobar lo que antiguos místicos y modernos psicólogos han corroborado: que el escuchar el plácido sonido del agua nos retrotrae a realidades fascinantes, trascendentales.

En la práctica espiritual del Oriente existe un viejo axioma que dice: “El sonido es vibración; la vibración es energía”. Algunos sonidos nos sosiegan; otros nos aturden; algunos nos pacifican, energizan; otros nos alienan; el sonido del agua es sagrado porque, tal como lo ha comprobado la ciencia, la vida –en nuestro plano físico- surge y se nutre del líquido elemento… y sin él, la existencia es imposible; por ello, el sonido, la vibración y la energía transmitidas por el agua son sinónimos de vida… ¡y en lo más íntimo de nuestros genes y de nuestra memoria celular lo sabemos!

De tal suerte, meditar con la vibración del agua se convierte en una plegaria silenciosa que acalla el barullo de la mente y nos recuerda ese océano primordial en el que evolucionaron las especies del planeta hace unos tres mil millones de años; nos devuelve –además- a ese tranquilo estanque uterino en el que fuimos acunados con irrepetible candor; y, por supuesto, nos reconecta con ese Yo Superior, ese Padre-Madre del todo armonioso, que filtra Su sabia Voz tanto en la furiosa ola que golpea a la roca como en la leve gota de llovizna veraniega que impregna nuestro rostro.

 

 

El agua como obra musical

Y así como el vital líquido tiene su propia e inherente musicalidad, los grandes compositores de todas las épocas se han inspirado en él para deleitarnos con algunas de las más conmovedoras piezas artísticas que haya concebido el espíritu humano.

Desde las antiguas canciones marineras –en las que celtas, vikingos, griegos o romanos vertían sus cuitas y alegrías, implorando protección a las deidades oceánicas- hasta composiciones sinfónicas de la talla de “Las Fuentes de Roma”, obra del genio italiano Ottorino Respighi, el agua ha sido manantial de inspiración para los músicos de todos los tiempos, haciendo vibrar nuestra sensibilidad.

En el campo de la música académica, el agua es un tema que tiene dilatada tradición: compositores como el austriaco Johann Strauss (“El Danubio Azul”), el francés Maurice Ravel (“Juegos de Agua”), el inglés Edgard Elgar (“Estampas Marinas”), el alemán Richard Wagner (“El Holandés Errante”) y el francés Claude Debussy (“El Mar”) le han dedicado grandes obras orquestales. Destacan también dentro de esta temática las famosas piezas de los alemanes Georg Philip Telemann y Georg Friedrich Häendel –tituladas ambas “Música Acuática”- altas cimas del barroco musical.

En el ámbito de la música popular, resulta imposible inventariar el gran número de canciones que le cantan al agua; destacaremos aquí algunas que –por su belleza poética- nos han causado honda impresión.

Joan Manuel Serrat, el conocido cantautor catalán, nos ha dejado estos versos en su disco “Utopía”:

 

Si el hombre es un sueño

El agua es el mundo

Si el hombre está vivo

El agua es la vida

 

Si el hombre es un niño

El agua es París

 

Si el hombre la pisa

El agua salpica

 

Cuídala

Como ella cuida de ti

 

Simón Díaz, indiscutido decano de la canta tradicional venezolana, ha descrito el tormento del amor romántico como la lucha entre las fuerzas del aire (la garza) y el agua (el caudaloso río):

 

Yo vide a la garza mora

Dándole combate al río

Así es como se enamora

Tu corazón con el mío

 

El cantautor argentino Luis Alberto Spinetta –quizás el mejor letrista que jamás haya tenido el rock en español- nos describe cómo la lágrima de una triste despedida se transforma, a orillas del Río de La Plata, en un pétalo muy singular:

 

Lenta bruma cansada de dar al muelle

No veo paisajes más que este mar

Que su viento devuelva la vida y la calma

Y vea sus barcas volver de luz

 

Tu sombra hiende la distancia

Es como un pétalo de sal…

 

Y así podríamos citar centenares de hermosas canciones como la famosa “Gotas de Lluvia Caen sobre mi Cabeza” del norteamericano Burt Bacharah o aquella balada en la que su paisano Paul Simon define a la amistad como “Un puente sobre aguas turbulentas”.

Sin embargo, por bella que sea, ninguna composición o poema podrá sustituir al suave susurro del agua de los arroyos, al cristalino tintineo de la gota que cae desde la estalactita de una caverna o al jubiloso fluir del líquido que baila en las fuentes de las plazas.

A estos entrañables sonidos se han sumado otros más inquietantes, generados por el calentamiento global: el fantasmal goteo del permafrost, la capa hielo que ha cubierto a la tundra siberiana durante millones de años y que ahora tiende a derretirse; el estruendo que producen los nuevos mega-icebergs –algunos tan grandes como islas caribeñas- cuando se separan del menguante continente antártico; el quebradizo chispeo del casquete polar del Norte, cuyos flotantes hielos podrían desaparecer en pocas décadas si no ponemos rápido coto a nuestros abusos ambientales.  

La música del agua es anterior al ser humano; sólo de nosotros depende seguir escuchándola. No acallemos su bella voz, porque su canto es el sostén de la Vida.

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UNA GOTA

Carmelo Urso
entiempopresente4@gmail.com

Una gota…

Polvo de arcaica estrella; soplo de errabunda cola de cometa; triza cósmica caída sobre un astro de aguas; antiquísima pizca de mar.
Perla de rocío al alba; hilo de nube al mediodía; brizna de lluvia al ocaso… ¡gema que vuelve a perlar las flores del mundo al amanecer!

…una gota.

Percibe la eternidad de la Vida en una gota...
Percibe la eternidad de la Vida en una gota…

LA MILENARIA CIENCIA DE LA ORACIÓN

La oración es una milenaria tecnología espiritual
La oración es una milenaria tecnología espiritual

Por Carmelo Urso y Carlos Jesús Ibarra Castellanos

entiempopresente4@gmail.com

Dicen las Escrituras: “Pedís y no recibís, porque pedís mal…”. En otro célebre pasaje bíblico, Jesús el Nazareno declara: “Os digo que cualquiera que diga a este monte Quítate y échate en el mar, y no dude en su corazón, lo que diga le será hecho. Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá”.
Estas lapidarias sentencias nos hacen preguntarnos: ¿por qué nuestra oración es a veces eficaz y a veces no? Cuando elevamos nuestras plegarias al Ser Superior, ¿cuál es el modo ideal de hacerlo? ¿Existe acaso una tecnología o ciencia particular de la oración?

Una tecnología espiritual con milenios de antigüedad

La expresión oración científica parecerá a algunos un sin sentido. No obstante, ha sido utilizada por diversos autores en el curso de los siglos.
A principios de la vigésima centuria, el pensador norteamericano Emmett Fox afirmaba que “la oración científica te hará, tarde o temprano apto para salir tú mismo, o para sacar a otros, de cualquier dificultad existente sobre la faz de la Tierra. Es la llave de oro de la armonía y de la felicidad. Todo lo que tienes que hacer es esto: dejar de pensar en la dificultad y en su lugar pensar en Dios. No hay diferencia en la clase de dificultad que sea, puede ser grande o pequeña, pero sea lo que fuere, simplemente deja de pensar en ello y en su lugar piensa en Dios”.
A mediados del siglo XX, para la entrañable escritora venezolana Conny Méndez la oración científica implicaba que “si logras elevar tu pensamiento suficientemente en altura, el problema se resolverá él mismo. En realidad ése es tu único problema: el de elevar tu pensamiento. Tanto más difícil sea el problema, lo cual significa que tanto más enterrado esté en tu subconsciente ese concepto, más elevada tendrás que llevar tu conciencia”. Concuerda nuestra paisana con el físico judeo-alemán Albert Einstein: “no podemos resolver un problema con el mismo nivel de pensamiento que lo creó”.
En la novena década del siglo XX, el estudioso estadounidense Greg Bradden señalaba: “hay una poderosa relación entre lo que pasa en nuestro mundo interior de sentimientos y las condiciones del mundo que nos rodea. Experimentos de la física cuántica lo demuestran. Nuestro mundo exterior de acción refleja nuestro mundo interior de sentimientos: esto se materializa sintiendo nuestras plegarias como si ya hubiesen sido respondidas. Cuando sentimos anticipada gratitud con respecto al cumplimiento de nuestras oraciones, atraemos nuevas posibilidades en nuestras vidas”.
Prosigue Bradden: “los resultados de nuestra vida se engranan perfectamente con los sentimientos que experimentamos; sólo así entendemos lo que ocurre cuando nuestras oraciones no son respondidas. Cuando oramos para sanar nuestro cuerpo o nuestras relaciones, mientras experimentamos enojo, celos o furia, ¿nos sorprende ver que esas nocivas emociones se reflejen en enfermedades y perturbadas relaciones de familia, escuela y trabajo?”.

Orar para permanecer en el tiempo presente

Si nuestras circunstancias externas están determinadas por nuestro mundo interno, entonces la oración puede convertirse en una potente herramienta para desarrollar el libre albedrío. ¿Podemos afirmar que tenemos libre albedrío mientras estemos limitados por esos condicionamientos mentales adquiridos en el pasado, por esas emociones negativas que sabotean nuestras iniciativas y nos impiden desarrollar una intimidad cada vez más profunda con Dios?
Dios –vale decir, la realidad trascendente o Yo Superior que palpita en nosotros- es perfecto en el tiempo presente. Al respecto, dice la ya citada Conny Méndez: “No tiene defectos. No existe en Él la muerte, ni la enfermedad, ni la pobreza, ni la lucha, ni la guerra, ni lo feo, ni lo malo”. Sólo orando con este potente sentimiento de certidumbre, podremos despertar a Su imagen y semejanza… ¡y así recibir los infinitos dones que nos depara Su Realidad!
En la irrealidad del miedo –lejos, muy lejos de la confianza que nos confiere el libre albedrío- nuestras oraciones son petardos inútiles que estallan en la hueca estridencia de la pérdida y la derrota. En nuestro caso, se nos enseñó desde niños a dirigir nuestras plegarias a Dios; no obstante, con el tiempo, dejamos de sintonizarnos emocionalmente con esos inspiradores versos de infancia para entonarlos de manera mecánica, ritualista –o peor aún, olvidarlos. En ese momento, nuestras plegarias (si es que nos tomábamos la molestia de proferirlas) se tornaron ineficaces.
La oración científica que nos armoniza con el Ser Supremo es de índole estrictamente personal. No importa si oramos en la soledad de una ermita o en la muchedumbre de una adoración colectiva: lo relevante es que, en nuestro fuero interno, elevemos nuestro nivel de pensamiento y conciencia para generar una oración que esté en armonía con esa realidad trascendental que sólo puede ser develada por el Poder Superior en el tiempo presente.

Desarrollemos nuestra particular manera de orar

Desarrollar nuestra manera particular de orar –única, inimitable- implicará una búsqueda que nos llevará por disímiles caminos psicológicos. Abarca un abanico de posibilidades tales como la lectura de libros, contemplar las maravillas de la Naturaleza, encerrarnos en la inefable quietud de nuestro cuarto y asistir a las más diversas iglesias o grupos de sanación. Se trata, en última instancia, de hallar las vías ideales para experimentar una profunda sensación de intimidad con Dios, ya que en Su Divinidad radica la nuestra.
Orar nos libera de las culpas pasadas y de los miedos al porvenir, requerimiento indispensable para experimentar esa libertad emocional, material y espiritual que eleva exponencialmente nuestra calidad de vida. Nuestra voluntad como individuos o sociedades no es ser prisioneros del miedo. Liberados de los condicionamientos de la mente, nuestra voluntad –que se hace una con la del Ser Superior- no tiene límites.
Nuestro planeta, hermoso lucero que acuna el milagro de la existencia, aguarda con impaciencia la libertad y la Paz que le otorgaremos cuando cada uno de nosotros reconozca que tiene el poder de transformarse a sí mismo y a su entorno a través de la ciencia sanadora de la oración.