CENICIENTA VINOTINTO, REMOLACHA MECÁNICA… ¿FUTURA CAMPEONA DE AMÉRICA?

Cenicienta, Vinotinto, Remolacha mécanica: apelativos de la selección venezolana

Carmelo Urso, André Reinoso, Marco Díaz

Érase una vez una selección de fútbol a la que llamaban Cenicienta; su traje era color vinotinto… pese a que su tierra no era pródiga en viñedos ni en licores de purpúrea coloración.

Un día, aquel humilde equipo hizo un largo viaje, desde la cálida costa caribeña hasta el vasto delta del Río de la Plata. Y fue el caso de que Cenicienta con su vinotinto a todos cautivó. Encontró la mágica zapatilla que muchos años atrás había perdido… ¡y comenzó a cantar goles y a embriagar corazones!

La Cenicienta, convertida en Princesa, eclipsó con su joropo a la candente samba carioca, al regio tango porteño, al sanjuanito ecuatoriano y a la polca paraguaya. Su vinotinto afectó –de manera especial– al ignaro chileno que confundió su caldo de uva con jugo de remolacha.

Y fue así que un confundido comentarista del largo país austral la bautizó con el mote de Remolacha Mecánica.

Este mote a nadie debe ofender, pues la noble remolacha es raíz de innumerables virtudes: es potente anticancerígeno; rejuvenece la piel por su contenido de ácido fólico; mineraliza la sangre por su alto aporte de hierro y potasio; y sus azúcares endulzaron por años a la Vieja Europa y aún energizan a quienes padecen de crónico cansancio.

Pero ahora la Cenicienta vinotinto recibe tantos flashes como una miss. Se convirtió en la protagonista de esa telenovela que todos deseamos tenga un final feliz: ver coronada a la nueva Princesa del fútbol mundial con la Copa América.

Venezuela, selección vinotinto
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¿QUÉ SELECCIÓN GANARÁ EL MUNDIAL DE FÚTBOL SUDÁFRICA 2010?

La selección italiana, actual campeona mundial de fútbol

Por supuesto, no pudimos sustraernos de la emoción del Mundial de Fútbol Sudáfrica 2010 y -en paz y en armonía- queremos preguntarte con la siguiente encuesta cuál es tu selección favorita para ganar la presente edición de la Copa del Mundo.

JUEGOS HUMANOS, JUEGOS DEL COSMOS: UNA HISTORIA ESPIRITUAL DE LOS DEPORTES DE PELOTA (EN EL MARCO DEL MUNDIAL DE FÚTBOL SUDÁFRICA 2010)

La esfera: símbolo del Infinito y la totalidad

Carmelo Urso

entiempopresente4@gmail.com

El balón, esférico espejo de la totalidad

Desde tiempos pretéritos, la esfera ha sido considerada como símbolo de la totalidad. Ya para los presocráticos griegos, ésta equivalía a lo Infinito, a la perfección de Dios. Para los árabes, el Universo se originó de un huevo primordial, y por eso, el número cero simboliza la Nada de la cual procede el Todo.

Para los antiguos hindúes, que sabían que nuestro planeta giraba en torno al Sol, la esfera se identificaba con el globo terráqueo y se consideraba alegoría del mundo. En el idioma maya, la pelota de hule era llamada ulli, palabra que significa esférico y universo redondo.

Por eso, cuando en el juego de fútbol decimos que el mundo se mira en un balón, éste se convierte en un espejo en el que anhelamos hallar arte, heroicidad y esa sensación de plenitud –pálida remembranza del éxtasis divino- que experimentamos cuando nuestro equipo anota gol o alcanza la victoria.

En el juego de fútbol, el mundo se mira en el espejo de un balón

De cómo el juego de pelota precedió a la creación del Universo

La épica esfera ha protagonizado encendidas contiendas en las más diversas culturas. Destaca, por ejemplo, el juego de pelota ritual de la cultura maya, cuyo origen se sitúa hacia el año 2500 antes de Cristo. Bordeada por rampas escalonadas que conducían a las plataformas ceremoniales o a templos pequeños, la cancha de juego de pelota maya tenía forma de I mayúscula y se encontraba en todas las ciudades del imperio, excepto en las más pequeñas.

De acuerdo con el libro sagrado del Popol Vuh, la noción del juego de pelota existía en la mente de los dioses desde el inicio del tiempo y precedió a la creación de los cuerpos celestes y los seres vivos. Los dioses se habrían reunido en el Teoclán, cancha de juego de pelota divina, para poner al Universo en movimiento. De tal suerte, fueron separados el cielo de la tierra, la tierra del mar, la vida de la muerte, la luz de la oscuridad: los contrarios entraron en juego, el juego de la vida.

El juego de pelota maya era una representación de las fuerzas fundamentales del Cosmos

A imagen y semejanza de los dioses, los hombres, a través del juego de pelota, o pok-ta-pok, reproducían los movimientos del cosmos, la interacción de las fuerzas básicas de la naturaleza y su muy humano intento por dominarlas. A través de la astuta y gallarda danza de los jugadores que golpeaban la pelota con caderas y muslos para llevarla hasta los aros de anotación, se afianzaban arraigos, se perpetuaban tradiciones, se dirimían rivalidades geográficas, se cruzaban apuestas, se formulaban agüeros y presagios, se invocaban fuerzas divinas.

Fueron los mayas expertos observadores del cielo; siguiendo aquella máxima esotérica que asevera que “como es arriba es abajo”, sus juegos de pelota intentaron simular esa armoniosa danza de los astros que tan bien estudiaron y que les permitió generar un calendario que, en opinión de muchos expertos, es el más exacto que haya generado la civilización humana.

Ese calendario, que divide el tiempo en grandes lapsos energéticos, predice el fin de un gran ciclo para la raza humana el día 21 de diciembre del año 2012. En tal fecha, nuestra galaxia, la Vía Láctea, intersectaría por primera vez en 26 mil años la salida del Sol en el plano eclíptico (vale decir, el círculo máximo descrito por la Tierra alrededor del Sol).

2012: ¿fin de una era?

Según Carlos Barrios, estudioso de esa antigua civilización, tal intersección formará una gran cruz cósmica que recuerda a la noción del Árbol de la Vida presente en la memoria de las más diversas tradiciones espirituales (el Árbol Yggdrasil de los escandinavos; el Árbol Banyan de los polinesios; la Chakana –Cruz del Sur- de los incas; el Árbol del Bien y el Mal del Génesis; el Árbol de la Vida de la Cábala hebrea; el Árbol de la Iluminación del Buda; la Cruz patibularia de Jesús; el Axis Mundi –eje del mundo- de los teólogos medievales).

En este poderoso símbolo se refrenda la íntima comunicación que puede –y debe- darse entre el Yo Superior y sus hijos: de arriba hacia abajo, el Creador insufla con su infinito poder y energía a sus criaturas; de abajo hacia arriba, la criatura emprende la ascensión que le llevará de vuelta al sutil Hogar del Uno.

Siguiendo esta línea de pensamiento, Barrios asevera que esta alineación con el corazón de la galaxia en 2012 abrirá un canal para que la energía universal del Uno fluya través de nuestra esfera terrestre, iniciando un proceso que disipará las compulsiones neuróticas que cunden en ella y llevando a la civilización humana a un nivel más alto de vibración.

Un juego de pelota sólo apto para virtuosos

El Tsu-Chu –juego de pelota que emergió en la antigua China hacia el año 2500 antes de Cristo- era una actividad sólo para virtuosos. De acuerdo a las crónicas imperiales, la meta del Tsu-Chu era patear un balón de cuero relleno de plumas y pelo animal, para encajarlo en una pequeña red de unos 40 centímetros de diámetro construida sobre cañas de bambú.

El tsu-chu sólo era apto para virtuosos

El único inconveniente era que esa red colgaba a unos… ¡9 metros de altura! Se necesitaba un altísimo nivel de habilidades para practicar este deporte: un manual de la época reza –de manera un tanto cínica- que “cualquier parte del cuerpo es útil para anotar, excepto las manos”.

Como disciplina atlética, el Tsu-Chu resulta una rara cruza entre fútbol y básquetbol; como alegoría espiritual, se trata del Árbol de la Vida más encumbrado que haya generado la historia de los juegos de pelota.

Un antiguo juego de nombre impronunciable

Los nativos de Norteamérica también tenían su propio juego de pelota, llamado pasuckuakohowog, complejo vocablo que significa gente que se reúne para jugar con la pelota al pie. Más de un millar de personas se involucraban –de manera simultánea- en la práctica de este entretenimiento rudo, peligroso y de escasas reglas. Los contendientes usaban ornamentos y pintaban sus cuerpos con símbolos de guerra. Era común que los juegos se extendieran de un día para otro, con festines de celebración luego de concluido cada encuentro. Por su parte, los esquimales practicaban otro juego de intrincado nombre –el asqaqtuk: éste consistía en patear y anotar puntos con un pesado balón, relleno de hierba, pelo de caribú y musgo.

El Pasuckuakohowog: un deporte didícil de pronunciar

Una variante del fútbol en la que las multitudes llenaban la cancha

En el fútbol de hoy, está muy claro el papel de jugadores y espectadores: unos ventilan sus azares en la cancha, otros pueblan gradas y tribunas. No obstante, en las variantes más primitivas del fútbol inglés –llamado mob football o fútbol multitudinario- las cosas eran un poco más difusas.

Textos clásicos del siglo III describen a las huestes inglesas celebrando su victoria sobre las hordas danesas con una eufórica sesión de juegos de pateo. Para la ocasión, se usó una pelota muy particular: la cabeza cercenada del líder invasor. Este evento habría sido la génesis –un tanto cruel- del mob football.

Entre los siglos VII y XIX, el mob football se popularizó en las islas británicas. La pelota era elaborada con cueros y tripas de animales domésticos. La “cancha” era vasta: dos aldeas comenzaban el juego en un punto neutral. El propósito era el de transportar el balón a la plaza o mercado principal del villorrio rival. A veces, la disputa se llevaba a cabo en una misma ciudad, entre dos barrios vecinos. Miles y miles de personas se involucraban en cada partida. Este ímpetu tumultuario perduró hasta bien entrado el siglo XX, con aquellos tristemente recordados hooligans que pretendían hacer de las tribunas luctuosos campos de batalla en los que drenaban el lado oscuro de la pasión futbolística.

Las reglas eran escasísimas. Entre las pocas cosas que excluían se encontraba el asesinato voluntario. Los parroquianos debían levantar barricadas alrededor de sus casas para proteger sus propiedades y seres queridos. Las autoridades eclesiásticas de la época deploraban el juego, aunque no por su violencia sino por prejuicios metafísicos; en él se escondía un ritual pagano, un oculto sortilegio de la religión de la Diosa: el balón, frenéticamente conducido por calzadas y campos de labranza, representaba al Sol, y tenía que ser conquistado a toda costa, ya que su captura (precursora del moderno gol) aseguraba buenas cosechas para el bando ganador e inciertas recolecciones para el bando perdedor.

En el año 1314, el Rey Eduardo II publicó un edicto que prohibía la práctica del mob football. Su hijo Eduardo III decretó una medida similar –tan infructuosa como la del padre. Ricardo II, Enrique IV, Enrique VI y Jaime III engrosaron el catálogo de reyes ingleses que intentaron prohibir este deporte, sin conseguirlo.

De cómo los florentinos domesticaron el mob football

Tras su éxito en las islas británicas, el mob football se extendió por diversas regiones de Europa: de tumulto en tumulto, de gresca en gresca, fue sumando adeptos y reformadores. A finales del siglo XVI, en la ciudad italiana de Florencia, apareció el primer intento serio por domesticar esta práctica: se trataba de un esfuerzo civilizador que estaba imbuido del espíritu racionalista y científico –propio del Renacimiento- que empezaba a imperar en esa época. De tal suerte, surgió el calcio florentino.

Las primeras reglas de este deporte fueron oficializadas en 1580. Una de sus mayores novedades fue el hecho de imponer un límite al número de jugadores –veintisiete por equipo. El objetivo del juego era sumar más puntos que el equipo rival. Las dimensiones de la cancha eran similares a las del fútbol actual, pero cubierta de arena en lugar de grama. La pelota debía ser introducida en unas plataformas con agujeros colocadas a ambos extremos del campo de juego. Para transportar el balón podían usarse, de manera indistinta, manos o pies. Por cada tiro acertado se obtenían 2 puntos, pero por cada intento errado, se sumaba medio punto al equipo rival. El encuentro duraba 50 minutos y era supervisado por ocho árbitros.

El calcio florentino domesticó el espíritu tumultuario del mob football

El fútbol moderno nació en una taberna de masones

Transcurrieron décadas, siglos. Declinaron viejos imperios, surgieron otros nuevos. En todo el orbe, antiguas monarquías se transformaron en repúblicas; colonias y protectorados devinieron en naciones independientes; grandes sistemas religiosos surgieron o sucumbieron; el pensamiento racional, científico, se enseñoreó del ambiente intelectual, desplazando a la vieja hegemonía de filósofos y teólogos. Incólumes, los juegos de pelota sobrevivieron a tales avatares.

En Inglaterra, a mediados del siglo XIX, se dieron los primeros pasos para unificar todos los códigos o reglamentos de football. No fue un proceso tranquilo y no estuvo exento de facciones, disputas y divergencias. De tales encuentros y desencuentros, surgirían, con el paso del tiempo y en distintos países, las reglas de deportes que aún hoy están en boga: el rugby, el football americano, el football australiano, el football canadiense, el lacrosse, el hockey en sus diversas superficies, y por supuesto, el deporte más popular del planeta en la actualidad, el fútbol o soccer.

En 1848, dos alumnos de la Universidad de Cambridge, Henry de Winton y John Charles Thring, se reunieron con estudiantes de otras escuelas para redactar un código futbolero. Las reglas de aquel Código Cambridge se asemejan mucho al fútbol actual. Un punto básico de tal reglamento fue la prohibición expresa de transportar el balón con las manos, pasando la responsabilidad del traslado de la pelota a los pies. El objeto del juego era el de hacer pasar la esférica entre dos postes verticales, justo por debajo de una cinta que los unía. El equipo que marcaba más goles era el ganador. A partir de ese momento, el fútbol entró en el terreno de la racionalidad jurídica, dejando atrás su turbulento pasado de reyertas callejeras y turbas enardecidas.

En 1857, un código –el Sheffield- adoptó nuevas reglamentaciones, tales como los tiros libres, los corners y los saques de banda. La leve cinta atada a los dos postes verticales fue sustituida por un travesaño rígido, dando lugar a las modernas porterías (otra simbólica remembranza del Axis Mundi).

Si bien con estas unificaciones se lograron extraordinarios avances para reglamentar y racionalizar el juego, el código considerado como definitivo para la creación del fútbol moderno fue el suscrito el 8 de diciembre de 1863, en la “Taberna de los Masones” de la calle Queen Elizabeth de Londres.

En tal documento, se aprobaron dos puntos fundamentales: la limitación del número de jugadores a 11 por equipo y la eliminación de los tackles, o golpes propinados al cuerpo del jugador, los cuales, de ahí en adelante, pasarían a sancionarse como faltas.

De la masonería, el fútbol recogió el espíritu universalista de igualdad y fraternidad sin distingos de nacionalidad, raza, ideología o religión: de allí que la violencia física en este juego esté severamente penalizada, al contrario de otros deportes como el football americano y el rugby.

El Árbol de la Vida de la Cábala

Por otra parte, el número de jugadores –once- fue seguramente tomado del diagrama básico de la cábala hebrea, el ya citado Árbol de la Vida. El mismo está compuesto por diez esferas visibles (llamadas sefirot) y una esfera invisible (Daath, el conocimiento) que están unidas por 22 senderos (el mismo número de jugadores que hay en un encuentro de fútbol).

Cada esfera representa diferentes niveles en el proceso de compresión de Dios, de menor a mayor. De acuerdo con este antiguo sistema de sabiduría, la persona esclarecida, que entra en comunión con el Creador, ha transitado desde la esfera más terrenal y densa de percepción (Malkuth) hasta la más sutil y espiritual (Kether), así como el balón debe ser trasladado desde una portería a otra para ser convertido en gol.

Diversos pensadores, como el mexicano Alejandro Huizinga, han sugerido que la cultura brota del juego –una actividad tan antigua como el alimentarse o cazar- porque dota a los seres humanos de reglas que rigen su comportamiento individual y colectivo, de valores éticos y trascendentes. En el caso de los juegos de pelota, en sus más disímiles variantes, el ser humano ha intentado reproducir las leyes del orden cósmico en las amenas conflagraciones del deporte.

Para quienes disfrutamos de su práctica o contemplación, el instantáneo nirvana de un ¡¡¡goooooooool!!! llena de sobrenatural e inexplicable regocijo al rutinario tránsito de nuestra cotidianidad. Por un instante, en ese irrefrenable grito de júbilo, quedan abolidos el tiempo, el pasado, el pensamiento y cualquier rastro de pesadumbre: todo se vuelve intenso gozo presente, grato estallido en el que sólo tiene cabida el deleite.

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GOLES SON AMORES… ¡AUNQUE SEAN EN CONTRA! (homenaje a la Vinotinto de Venezuela)

La Vinotinto, emblema de Venezuela
La Vinotinto, emblema de Venezuela

Carmelo Urso
entiempopresente4@gmail.com

Como buen hijo de sicilianos, soy aficionado al fútbol. Y el fútbol sigue siendo el deporte favorito del planeta.

No obstante, me tocó nacer y vivir en uno de los pocos países del mundo en que el fútbol no es la disciplina atlética principal: Venezuela.

En mi país, el deporte que mueve a las masas es el béisbol. Nuestra selección ha sido campeona mundial. Nuestras novenas han obtenido varias Series del Caribe. Muchos de los mejores beisbolistas del orbe son venezolanos.

También me gusta el béisbol. Soy fanático del equipo más popular de la nación: “Navegantes del Magallanes” (los hinchas de los “Leones del Caracas”, nuestro clásico archirival, objetarán –seguramente- esta muy subjetiva opinión mía).

No obstante, pese a mi gusto beisbolero, el deporte que más me apasiona es el fútbol.

Y en la séptima década del siglo XX, cuando yo era un niño, ser aficionado del fútbol en Venezuela era cosa de locos.

La Vinotinto, mote que damos a nuestra selección por el color de su camiseta, solía padecer goleadas de escándalo. La peor de todas fue en 1975: un 11-0 que nos propinó Argentina en la ciudad de Rosario.

En la Copa Libertadores de América, el más importante torneo de clubes del continente americano, las cosas iban un poco mejor. El pentacampeón Portuguesa Fútbol Club (1977) y la ULA-Mérida (1981) llegaron a semifinales de este magno certamen.

Pero lo común era que nos masacraran.

Sin embargo, pese a goleadas, tribunas vacías y estadios destartalados, mi familia era parte de la pequeña feligresía del fútbol criollo.

En las tardes sabatinas o dominicales pasaba algo muy particular.

En Caracas, el estadio de béisbol de la Ciudad Universitaria y el estadio Olímpico están uno al lado del otro. El coso beisbolístico rebosaba de fanáticos. En particular, si se trataba de un Caracas-Magallanes, 30 mil personas llenaban sus instalaciones. Cien metros más allá, en el desolado Olímpico, unos mil lunáticos contemplábamos el clásico de colonias: Deportivo Italia versus Deportivo Galicia.

Cuando comentaba a mis amigos que había ido al partido de fútbol, me miraban como si fuese el miembro de una extraña secta religiosa. Decían: “¿Estás loco? ¿Vas a los partidos del fútbol nacional? ¡Si son malísimos!”.

Las cosas llegaban a tal extremo que cuando la Vinotinto jugaba con su similar brasileña, los venezolanos llenaban el estadio Olímpico… pero vestidos con franelas verde-amarelas para apoyar a la canarinha amazónica.

Felizmente, las cosas cambiaron. Ahora, a la Vinotinto se le respeta por su juego; ha vencido a campeones mundiales como Uruguay y el mismísimo Brasil. Por estos días, disputa los octavos de final de la Copa Mundial sub-20 de la FIFA.

A la mente me viene una amorosa anécdota de los años difíciles.

Mucho han cambiado las cosas para la Vinotinto de Venezuela
Mucho han cambiado las cosas para la Vinotinto de Venezuela

Corría el año de 1977. Yo tenía ocho años. La Vinotinto jugaba un amistoso en el Estadio Olímpico de Caracas contra el aquilatado Real Madrid.

Aquella tarde nos estaba yendo muy mal. Cuando perdíamos 5-0, yo estaba tan molesto que empecé a celebrar los tantos del equipo hispánico.

Mi papá tenía un carácter bastante fuerte y de su boca raras veces salían frases conciliadoras. No obstante, al ver mi actitud, me llamó y con serenidad me dijo algunas de las palabras más sabias y afectuosas que jamás le escuché:

“Hijo”, dijo con su fuerte acento siciliano, “no importa si hoy perdemos 20 o 40 a cero: esa franela vinotinto siempre tienes que amarla, respetarla; esa camisa es sagrada porque representa a tu país. Ama siempre a lo tuyos, especialmente cuando las cosas se pongan difíciles. Cuando todo va bien, ¡qué fácil es tener amigos! Pero cuando las cosas vayan mal, ¡allí sabrás quien es tu verdadera familia, tus verdaderos amigos!”.

Y añadió: “Hijo, ten confianza: ¡algún día ganaremos!”.

Es sencillo inculcarle a un hijo el Amor por una “camiseta ganadora”. Es fácil ser fanático del Real Madrid, del A.C. Milan, de Boca Juniors, de River Plate, del Liverpool: sus vitrinas están llenas de merecidos títulos.

Pero inculcar Amor incondicional por una escuadra que apenas cosechó dos triunfos entre 1966 y 2001… es –con franqueza- un milagro que obró papá.

Seguramente era porque amaba de modo incondicional a su país de adopción… ¡en las buenas y en las malas!

Además, no se equivocó en su profecía: entre 2001 y 2009 vimos ganar muchas veces a Venezuela. Papá, que murió en 2007, vivió para contarlo.

Ésa fue la primera y única vez que canté un gol contra la Vinotinto. El partido terminó 7 a cero. Pero inspirado en las palabras de mi padre, grité el nombre de mi país hasta el último segundo del partido.

De papá aprendí esa tarde que la extensión del Amor no está supeditada a triunfos o derrotas, a transitorios cambios de humor, a eventuales contingencias: el Amor sólo puede ser extendido cuando es incondicional.

En una dimensión profunda, el verdadero Amor no depende de sucesos externos; en Él, todo evento acaba transformándose en pertinente aprendizaje.

Y a través de esta percepción afectuosa, “goles son amores…” ¡aunque sean en contra!